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LA FESTA DE LA IMMACULADA


Durante y después del concilio Vaticano II hubo ciertas prevenciones sobre el tradicional culto mariano. Algunas tenían su motivo y otras carecían de él en absoluto.

Las prevenciones razonables se basaban no en el culto mismo, sino en manifestaciones ridículas de una devoción mal entendida. Se producen estas desviaciones cuando la devoción, a María o a los santos, se tiene al margen de Jesucristo y llega casi a desplazar a Dios. Y se advierten desde el sentido común, porque son manifestaciones artificiosas que se alejan de la razón y de la verdad normal de las cosas. Aunque la intención suele ser buena, son falsificaciones que, al alejarnos de la verdad, alejan también de Dios.

Estar prevenido contra estos errores, no debe llevar a concluir que se ha exagerado en la devoción a la Virgen María. Por el contrario, debe llevarnos a profundizar en las razones de ella, y la primera de todas es tan grande que asume todas las demás: la Virgen es la Madre de Dios.

Este título, definido desde los primeros concilios de la Iglesia, lleva a que el culto a María nunca puede ser excesivo, porque es un amor que nos conduce derechamente a su Hijo.

¿Quién está más cerca de un hijo que su madre? Así lo entendieron los apóstoles de la primera hora cuando se reunieron con ella después de la resurrección de Cristo, como nos narran las Escrituras. No cuentan, pero es razonable pensar que así sería, que los apóstoles le pedirían a María, acogida en casa de Juan: «Háblanos de tu Hijo». Nadie le conocía mejor, ni podía hablar con más conocimiento de su «vida oculta« durante treinta años.

Estas reflexiones sobre la maternidad divina de María nos ayudan a contemplar hoy otro título que le ha dado la Iglesia desde antiguo: la Inmaculada. Como dogma de fe es relativamente reciente, ya que fue proclamado por Pío IX en 1854, pero siempre se ha creído que en toda su vida y desde el primer momento, la destinada a ser Madre de Dios, fue librada de la experiencia del pecado.

Pongamos en manos de su intercesión poderosa nuestro propósito de vivir de acuerdo con la voluntad de Dios para cada uno. Que nos purifique y también purifique a la sociedad en su conjunto de tanta corrupción de costumbres. Las madres desean lo mejor para sus hijos. A ella nos acogemos, santa Madre de Dios, repitiendo una de las más antiguas oraciones.