Fue un periodo muy especial en la historia de la Iglesia el que vivimos hace justamente 40 años. En 1978, en el espacio de tres meses, tuvimos tres Papas: el 6 de agosto falleció Pablo VI, el 28 de septiembre fue elegido Juan Pablo I y el 16 de octubre una nueva elección recayó en Juan Pablo II.

Me encontraba en Roma cuando murió el Papa Montini. Su misión histórica fue continuar el Concilio Vaticano II, inaugurado por Juan XXIII, y guiar a la Iglesia en el convulso periodo que siguió.

Para ello Pablo VI tenía la idea clara que el mundo debía salvarse desde dentro: «Desde fuera no se salva el mundo. Como el Verbo de Dios que se ha hecho hombre, hace falta hacerse una misma cosa con las formas de vida de aquellos a quienes se quiere llevar el mensaje de Cristo».

Por ello instituyó el 1 de enero la Jornada Mundial de la Paz, que ha venido celebrándose desde entonces, y viajó (fue el primer Papa que subió a un avión) a lugares significativos: Tierra Santa, la India y Nueva York, donde habló antes las Naciones Unidas. Fue el primero también que viajó a Latinoamérica.

En 1972 una persona causó destrozos en la Piedad de Miguel Ángel. El Papa bajó a verlos conmovido. Algunos leyeron el atentado como signo de la crisis de la Iglesia, que sufría fuertes deserciones de sacerdotes y religiosos a la vez que torcidas interpretaciones teológicas. Fue este año cuando Pablo VI llegó a afirmar que «el humo de Satanás se ha colado en el templo de Dios».

Seis años antes de su muerte, tuvo un gesto profético: en una visita a Venecia se quitó la estola papal y la puso sobre los hombros del cardenal Luciani, que sería su sucesor con el nombre de Juan Pablo I. Los 33 días de su brevísimo pontificado fueron suficientes para que dejara un recuerdo perenne de su sencillez. Su sonrisa cautivó a quienes lo vieron por televisión y a los oyentes de sus predicaciones. Falleció en la cama, de forma repentina, dejando a la Iglesia sumida en la perplejidad y el dolor.

Y así llegó un segundo cónclave que escogió al primer no italiano en 400 años, el polaco Karol Wojtyla. Su largo pontificado, hasta 2005, que tenemos muy presente, marcó la vida de la Iglesia y del mundo. También mi propia vida al nombrarme Arzobispo de Tarragona. En tal calidad tuve la suerte de mantener con él breves encuentros entrañables.

Hagamos memoria de estos tres Papas del último medio siglo. Cada uno de ellos dejó un testimonio impagable de pastor a la medida del corazón de Jesucristo.

† Jaume Pujol Balcells
Arzobispo metropolitano de Tarragona y primado

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