Ante todo, felices fiestas de Sant Magí. Puede sorprender que precisamente en días así hable de la templanza, la última de las cuatro virtudes cardinales. Así lo ha querido el calendario de mis escritos, después de tratar de las otras virtudes. Pero creo que es una coincidencia feliz, porque en la vida no debe abusarse de nada. Si cada día fuera fiesta, no habría fiestas. Si cada semana celebráramos la Fiesta Mayor, perderían sentido las de Santa Tecla y Sant Magí.

La templanza no es una actitud mortificada de renuncia a las alegrías de la vida, ni un castigo que nos infligimos, como si pasarlo bien fuera poco cristiano. No es una humillación de nuestro cuerpo o una actitud masoquista. Quien la entendiera así no habría entendido nada. Es, en cambio, una elección a favor de nuestra condición de personas libres. Alguien dominado por la comida, la bebida, la droga, la sensualidad, el afán de consumir… no es verdaderamente libre porque está atado a unos vicios que no le permiten ser dueño de sí mismo.

La persona templada, sobria, es aquella que concede primacía al espíritu sobre los sentidos, la que domina sus pasiones en vez de dejarse dominar por ellas.

En la actualidad esta templanza es especialmente necesaria para afrontar las posibilidades que nos ofrecen las nuevas tecnologías, sobre todo en el campo de batalla de la curiosidad. Imaginemos a alguien que postrado en la butaca se pasa horas viendo la televisión y haciendo zapping. Como accedemos a más de un centenar de canales, las posibilidades son enormes, y es probable que pudiendo ver todo no veamos nada, en un afán desmedido de búsqueda. Falta de templanza.

Pasemos al ordenador. La navegación por Internet permite recabar cientos de noticias, comentarios, chistes y fotografías, en innumerables webs y redes sociales. Puede ser una herramienta eficaz de información y opinión, pero también una pérdida de tiempo, una disipación de nuestra inteligencia en medio de una selva en la que nos metemos como las abejas que van de flor en flor.

El móvil es otro instrumento con el que podemos dar gloria a Dios, ya que facilita la comunicación entre las personas y esto es magnífico. Sin embargo, un uso desmedido nos esclaviza. Hay personas que lo consultan cientos de veces al día, que no evitan interrumpir una conversación para mirarlo, que lo tienen en la mesa del comedor al lado del tenedor y el cuchillo como si fuera uno más de la familia.

Me he detenido en este aspecto de la templanza por ser más actual. Hay que saber renunciar a una curiosidad excesiva. Lo agradecerán nuestro espíritu… y nuestra vista.

† Jaume Pujol Balcells
Arzobispo metropolitano de Tarragona y primado

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