Las personas de cada generación tienen asumido que un momento decisivo de sus vidas fue su paso por la escuela, el instituto y, si es el caso, la universidad.

Aunque no todas tuvieron esta suerte. Según un informe del Banco Mundial hay en el mundo 57 millones de niños que nunca van a la escuela, entre ellos la mitad de los que viven en el África negra. En algunos casos, como en la República Democrática del Congo, no van por hallarse en zonas de conflicto.

El contraste es evidente con otras partes del mundo. Tomemos como ejemplo Finlandia, que diversos índices colocan como el país con la mejor educación del mundo. Allí no solamente se garantiza la asistencia a los colegios, sino que se implantan innovaciones para mejorar el rendimiento escolar, como eliminar paredes de las aulas, celebrar clases en la naturaleza, en un museo o una empresa.

El primer objetivo debe ser garantizar el derecho a la educación para todas las sociedades. Ofrecer las instalaciones materiales adecuadas, el profesorado conveniente y los métodos apropiados. Esto es lo importante, mucho más que la distinción entre la titularidad de los centros, sea pública o concertada. En este aspecto, mi experiencia es que la titularidad de los centros educativos no determina forzosamente la calidad educativa.

Al inicio de curso hemos de recordar que la prioridad en la educación deben tenerla los padres. Son ellos quienes tienen la mayor responsabilidad sobre los hijos y no pueden hacer dejación de ella. Cierto es también que necesitan delegar la instrucción en los profesores y confiar en las autoridades educativas, pero siempre que no contradiga los derechos paternos, como elegir el centro de acuerdo con los valores en los que deseen sean educados sus hijos.

Los valores son los que harán de los niños personas con principios que les ayudarán a ser felices en sus vidas. La instrucción pura y simple podrán obtenerla de diversos modos y de acuerdo con el aprovechamiento de modernas tecnologías –hoy se habla del «profesor Google»– pero lo que no encontrarán son estos valores de comportamiento, de educación en el sentido más noble de la palabra. En este aspecto, los discípulos de las clases peripatéticas de Sócrates, no tendrían nada que envidiar a los del siglo XXI.

En un mundo donde la información fluye imparable, la formación de la opinión y los modelos de comportamiento son lo más necesario. La sinceridad, honestidad, veracidad, solidaridad, humildad, laboriosidad, simpatía… deben ser objetivos principales que los padres quieren para sus hijos. Que el comienzo del nuevo curso sea positivo en este aspecto tan esencial para las familias y para una sociedad mejor.

 

† Jaume Pujol Balcells
Arquebisbe metropolità de Tarragona i primat

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