Hace un tiempo asistimos a la proeza de un joven inmigrante que ascendió a fuerza de brazos por la fachada de un edificio, balcón a balcón, para salvar a un niño en peligro de precipitarse al vacío. Y nos maravillamos también viendo como submarinistas expertos lograron rescatar a doce niños atrapados en una difícil cueva submarina a cuatro kilómetros de su embocadura.

Son gestas que merecen nuestra admiración y aplauso, pero hay otras que, siendo más discretas, están a nuestro alcance para salvar vidas ajenas. La más habitual son las donaciones de sangre, una especie de vasos comunicantes de la solidaridad con el que se rescatan de una muerte inevitable a personas enfermas o accidentadas.

El 13 de mayo de 1981, a media tarde, una personalidad muy conocida sobrevivió gracias a esta bendita práctica. Juan Pablo II acababa de ser víctima del atentado de Ali Agca en la Plaza de San Pedro. La ambulancia le trasladó con rapidez al Hospital Gemelli. Mientras esto sucedía, el cirujano Dr. Francesco Crucitti, que tenía el día libre, había sentido un impulso inexplicable de ir a su hospital. En la radio del coche oyó lo que había pasado y aceleró. Poco después el Papa, que había perdido mucha sangre, recibió transfusiones salvadoras que permitieron efectuar la operación.

La sangre de unos romanos anónimos, a la que se unió la procedente de las donaciones que hicieron, en el momento, médicos y enfermeras del hospital, salvaron la vida del Pontífice.

Desde mi llegada a Tarragona he procurado secundar esta práctica de donación de sangre que tiene dos características principales: es voluntaria y se hace sin ningún afán de lucro. Hemos recibido la vida gratis y gratis hemos de ayudar a dar vida a quienes la precisan.

Todos podemos salvar vidas. No serán gestos heroicos de los que salen en los noticiarios, sino callados gestos de solidaridad. Es una exigencia de caridad si estamos en condiciones físicas para hacerlo. Pensemos en cómo nos sentiríamos cada uno de nosotros si el día que precisáramos de una transfusión no pudiera realizarse por falta de sangre.

Mi gratitud a los bancos de sangre, a quienes los gestionan y a los miles de donantes que acuden a sus llamadas, muchos de ellos anualmente. Gracias a ellos hay reservas para hacer frente a operaciones quirúrgicas necesarias para salvar la vida de personas accidentadas o víctimas de atentados, como los que sucedieron hace poco más de un año en Barcelona y Cambrils, y también para restablecer el equilibrio vital a personas con hemorragias por otros motivos.

Gracias por donar sangre. Gracias por salvar vidas.

 

† Jaume Pujol Balcells
Arzobispo metropolitano de Tarragona y primado

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