Todas las personas tienen vocación, pero Dios tiene una llamada particular para cada una, que suelen advertirse cuando uno es joven, una época en la que se toman opciones fundamentales, como pensar que quiere ser uno en la vida, elegir carrera, escoger pareja para casarse o inclinarse por otro estado de vida, como el sacerdocio o la vida religiosa.

En algunos casos la vocación lleva consigo una sorprendente conversión, como en San Pablo. Modernos ejemplos son el periodista francés Frossard, que tenía 20 años cuando entró fortuitamente en una iglesia como ateo y salió católico; como el escritor italiano Messori, que tenía 23 años y nunca había hablado de religión excepto para despreciarla, pero leyó párrafos del Nuevo Testamento, en el ejemplar que tenía sin abrir en la biblioteca de su casa, que le impactaron. Ambos formaron una familia y destacaron en sus profesiones respectivas.

Otras veces no son conversiones llamativas, sino llamadas inesperadas que un joven recibe, como en el caso de Enric de Ossó, el santo de Vinebre. Tenía 14 años y trabajaba en el comercio de un tío suyo en Reus. Sintió la vocación al sacerdocio y realizó sus estudios en el Seminario de Tortosa quien luego sería fundador de las Teresianas.

El Papa Francisco cuenta que tenía 19 años cuando, en medio de una excursión con sus amigos, entró en una iglesia y sintió el impulso de confesarse y aquel acto, en el que se sintió comprendido y estimado, significó encontrar el sentido de su vida.

El mismo Papa convocó para este mes de octubre un Sínodo de Obispos sobre el tema «Los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional». Y ha procurado que fueran los mismos jóvenes, miles de ellos de todo el mundo, quienes hicieran llegar propuestas a Roma y dijeran sinceramente cómo ven la Iglesia actualmente, qué habría que fortalecer o cambiar.

El Sínodo comenzará así de abajo a arriba y no al revés. Escuchando a los jóvenes, no diciéndoles qué deben hacer, consciente de que cada vocación es un encuentro personal con Jesucristo, un descubrimiento que necesita, eso sí, de un acompañamiento espiritual, desde la experiencia.

La vocación es un momento de descubrimiento de la llamada específica, que plantea dudas y temores, que busca certezas, y que por lo mismo requiere la ayuda de otros. La respuesta es un acto personal, pero que se produce en la Iglesia. Incluso en el caso de San Pablo fue en la Iglesia, pero en aquella ocasión persiguiéndola.

El próximo domingo volveré a tratar sobre el Sínodo, por el cual ya rezo y os invito a todos a orar.

 

† Jaume Pujol Balcells
Arzobispo metropolitano de Tarragona y primado

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