Algunos bromistas cuando se refieren al cielo lo describen como si allí los bienaventurados estuvieran toda la eternidad tocando el arpa. Aunque la música de este instrumento musical es ciertamente bella y relajante, imaginarlo de este modo sería tener un pobre concepto del cielo.

Estos días la liturgia nos ha llevado a considerar la fiesta de Todos los Santos y el día de Difuntos, dos fechas del calendario en los que nos asomamos de un modo particular a las realidades eternas: la vida que hay después de la vida.

Son jornadas en las que tenemos un recuerdo muy especial por las personas de nuestra familia que ya no están entre nosotros, quizá nuestros padres o abuelos, a quienes debemos la vida y también la fe. La mayoría aprendimos de sus labios a pronunciar el nombre de Jesús y fueron los primeros que nos hablaron del cielo.

Después la vida nos ha traído innumerables ocasiones para comprobar la bondad de aquellas enseñanzas, o quizá nos ha apartado de ellas por un tiempo buscando nuestro propio camino. Las inocentes alegrías de la infancia puede ser que hayan topado con la realidad, con sus contradicciones, penalidades o preocupaciones que no está en nuestras manos resolverlas.

Hemos tenido ocasión de pensar, como san Pablo (1Cor 15,19) que «si solamente para nuestra vida tenemos puesta nuestra esperanza, somos los más desgraciados de los hombres», reflexión a la que el cardenal Newman añadía: «Si los muertos no resucitan, hemos cometido un solemne error de cálculo en la elección del modo de vivir.»

Por fortuna la resurrección de Cristo, como primicia de la nuestra, no es una mera especulación, sino una promesa divina que se contiene en varios párrafos del Evangelio. Es Jesucristo quien nos garantiza esta vida nueva feliz si observamos los mandamientos, es decir si vivimos de acuerdo con sus enseñanzas y con los dictados de una conciencia recta.

Cuando Thomas More, canciller de Inglaterra, salió por última vez de su casa de Chelsea, camino del embarcadero del Támesis para ir a la prisión y a la muerte en la Torre de Londres, dijo a su yerno Roper: «Hijo mío, doy gracias a Dios porque la batalla está ganada». Roper no entendió al principio qué quiso decirle, pero después se dio cuenta: el amor a Dios había crecido tanto en Moro que había llegado a conquistar todas las ataduras de lo temporal para sumergirse ya, como en anticipo, en la gloria celestial.

Los santos han sido modelo de fe y esperanza. También los anónimos, los de nuestra familia, por quienes rezamos este mes de noviembre a la vez que nos encomendamos a ellos como mejores embajadores ante Dios.

 

† Jaume Pujol Balcells
Arzobispo metropolitano de Tarragona y primado

 

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