Hay un breve texto en los Hechos de los Apóstoles que narra un trazo fundamental en la vida de los primeros cristianos que causó admiración en la sociedad de su época y sigue produciéndola en la nuestra.

Dice este texto: «Todos los que creían vivían unidos, teniendo todos sus bienes en común, pues vendían sus posesiones y haciendas y las distribuían entre todos según la necesidad de cada uno» (Hechos, 2,44)

Lo traigo aquí con motivo de la celebración hoy de la Jornada de la Iglesia Diocesana. Cabría añadir también los desvelos del apóstol Pablo para que las iglesias que iba fundando se socorriesen entre ellas en caso de necesidad.

También hoy estamos llamados a poner los recursos en común. El modo de entenderlo es que la Iglesia no es una entidad, sino ante todo una familia, la de quienes se consideran hijos de Dios. Este título no es un adorno, sino una exigencia de caridad.

Cada persona no puede pensar: yo me cuido de mí mismo y no hago mal a nadie. No es suficiente, ni a nivel personal, ni familiar, ni siquiera de las comunidades eclesiales que son las parroquias. Si una está en disposición de hacerlo debe aportar ayuda a la archidiócesis para contribuir a sufragar las necesidades generales.

Las estructuras de la iglesia diocesana están al servicio de todos, no están cerradas sólo a los católicos. Los templos y ermitas, los servicios de la Curia Diocesana (patrimonio, economía, medios de comunicación, secretaria, etc.), Cáritas, la Llar Natalis, los espacios del edificio del Seminario (el llamado Centro Tarraconense) con su biblioteca, los museos diocesano y bíblico, el archivo histórico, la Catedral, el Seminario Mayor Interdiocesano, etc. están al servicio de todos.

Este servicio es posible por la solidaridad. En este aspecto deseo expresar mi agradecimiento como arzobispo de Tarragona a las personas particulares y empresas que ayudan de modo permanente o esporádico al sostenimiento de tantas actividades que tenemos entre manos.

Igualmente va mi gratitud a quienes ayudan a llevar las cuentas, a gestionar la economía diocesana, laicos muchas veces voluntarios que ponen al servicio de nuestra Iglesia su capacidad profesional y su dedicación de tiempo a una tarea tan necesaria.

Por supuesto la economía no es lo más importante en la vida eclesial, sino el hermanamiento en la oración y la unidad entre los fieles. Sin embargo la caridad entre nosotros es, como en la comunidad de los primeros cristianos, la consecuencia y prueba de que vivimos una fe auténtica en las enseñanzas de Jesucristo.

† Jaume Pujol Balcells
Arzobispo metropolitano de Tarragona y primado

Start typing and press Enter to search

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies

ACEPTAR

Aviso de cookies