Uno de los cuadros relativamente modernos más conocido es el titulado «El grito». El pintor noruego Edvard Munch (1863-1944) hizo cuatro versiones. La más famosa se conserva en la Galería Nacional de Noruega, y fue noticia de portada cuando fue robado en 1994 y recuperado por la policía semanas después. También otra versión corrió semejante trance. Y una tercera, en manos particulares, fue en su día la obra más cara pagada en una subasta.

El cuadro representa a un hombre apenas esbozado dando un grito de angustia y desesperación, en medio de un camino que se pierde en el horizonte y bajo un cielo arremolinado y rojizo. Es un icono de la tristeza y el dolor.

En su mensaje para la Segunda Jornada Mundial contra la Pobreza, que se celebra hoy, el Papa se refiere al «grito de los pobres», tomando como punto de partida una frase del Salmo 34,7: «El afligido invocó al Señor, él lo escuchó y lo salvó de sus angustias.»

También se fija Francisco en la escena evangélica del ciego Bartimeo, que pedía limosna al borde de un camino, y al saber que Jesús pasaba «empezó a gritar» que se apiadara de él.

A partir de ahí el Papa nos interroga: ¿Escuchamos a los pobres? Nos advierte que si estamos pendientes de nosotros mismos, si nos miramos constantemente al espejo, si tenemos cerrados los oídos, o demasiado abiertos al ruido exterior, no oiremos la voz del pobre, del triste, del excluido, del rechazado, del marginado, es decir, de los pobres con las diversas caras de la pobreza.

El grito del pobre se pierde cuando no somos sensibles. En el cuadro de Munch aparecen muy en segundo término dos hombres ataviados con su sombrero que parecen inmutables a la fuerza emocional del que grita. Como si no lo oyeran.

Al introducir en el calendario estas jornadas mundiales contra la pobreza, el Papa quiso dar una respuesta de la Iglesia entera a los pobres de todo tipo. Francisco va por delante escuchando la voz de los náufragos que tratan de llegar a Europa desde las costas africanas, de los refugiados rohinyá que huyen del genocidio en Birmania, de los «sin techo» que hay en Roma y que atiende en la plaza de San Pedro…

Los cristianos no podemos hacer oídos sordos al grito desesperado, a veces sólo con un hilo de voz, de las personas necesitadas. Hemos de ser solidarios en la medida en que podemos actuar personalmente o ayudando a organizaciones que atienden directamente las necesidades más básicas de los enfermos, de los pobres, de quienes no tienen hogar o les falta alimento o vestido. Esto es lo que nos hace testigos creíbles del Evangelio.

 

† Jaume Pujol Balcells
Arzobispo metropolitano de Tarragona y primat

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