A partir del Concilio Vaticano II el año litúrgico se corona con la festividad de Cristo Rey. Es una fiesta que no se entendería si aplicáramos a Jesucristo el modelo de realeza tal y como lo entendemos. ¡Es un rey tan diferente!

El Papa Francisco lo hace notar con una lista de paradojas: su trono es la cruz; su corona es de espinas; en vez de cetro, le han puesto una caña en las manos; en vez de ropajes esplendorosos, le quitan hasta la túnica que llevaba; en vez de anillos, lleva clavos en sus manos; en lugar de poseer un tesoro, ha sido vendido por treinta monedas…

Juan Pablo II, en la festividad litúrgica de hoy, se fijaba en el interrogatorio de Pilato. Cuando el procurador romano le pregunta si es rey, Jesús responde afirmativamente, pero añade que «mi reino no es de este mundo» para evitar confusiones. Pilato le pregunta entonces de nuevo sobre su realeza y el reo contesta esta segunda vez: «Yo soy rey, para esto he nacido y he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad.»

Al leer en los Evangelios esta contestación, podría sorprender la relación tan directa que Jesús hace de la verdad con su condición de rey. Pero es que desde que con su encarnación nos reveló que Dios es amor, la verdad de Cristo será la medida de todas nuestras obras, la guía de nuestra conciencia, la brújula de la existencia humana.

Podríamos preguntarnos ahora: ¿dejamos que Cristo reine en nosotros? No reinaría si su trono en nuestra vida estuviera ocupado por otros soberanos, por ejemplo por el amor al poder, al placer, a las riquezas…

Jesús no comparte trono con otros reyes, como el egoísmo, la soberbia, la sensualidad; desea reinar en nuestros corazones para que seamos felices ya en esta vida y en la eternidad. No debemos adorar a modernos becerros de oro: una patria, un coche, un móvil, un crucero… Todo es bueno a la luz de Dios, pero si no le sustituimos a él por intereses egoístas como cuando decimos que no tenemos tiempo para ir a misa, no tenemos dinero para los pobres, no perdonamos a quien nos ofende, no toleramos a quien piensa distinto…

Dios no puede ser sustituido, en la vida de un cristiano, por ninguna bandera ni ningún capricho que no sea la enseña del amor al prójimo. Jesucristo es un rey diferente, que no nos pide sumisión, sino que da la vida por nosotros para que seamos a la vez servidores de nuestros semejantes, comenzando por los que tenemos más cerca.

 

† Jaume Pujol Balcells
Arzobispo metropolitano de Tarragona y primado

 

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