Hace más de mil años se produjo el cisma de Oriente por el que la Iglesia ortodoxa se separó de la católica, y hace 500 que se escindió el protestantismo, y poco después la Iglesia anglicana. Todas ellas reconocen a Jesucristo y son por tanto iglesias cristianas.

Después de tantos años de desencuentros, el siglo XX registró un avance muy notable, aunque insuficiente, en este camino hacia la unidad, sobre todo a partir del Concilio Vaticano II y los diversos Papas desde Juan XXIII a Francisco. Cabe recordar hitos como el abrazo entre Pablo VI y Atenágoras en Tierra Santa o los acuerdos con la Iglesia Anglicana y el Consejo Mundial de las Iglesias.

Esta nueva mentalidad ha ido acompañada por grupos eclesiales particularmente activos en este campo ecuménico, como la Comunidad Ecuménica de Taizé, del hermano Roger Schutz; el movimiento Focolar, de Chiara Lubich o la Comunidad de Sant’Egidio, de Andrea Riccardi, por citar algunos.

Toda la Iglesia católica se ha involucrado en el objetivo de hacer realidad el Ut unum sint ‘que sean uno’, deseo expresado por Jesucristo. Y una de las iniciativas anuales es la celebración en enero del Octavario por la Unidad de los Cristianos, que comienza el día 18 y acaba el 25, la Conversión de San Pablo.

¿Cómo se llegará a la meta en este esfuerzo ecuménico? Francisco nos dice primero cómo no se alcanzará: no se llegará por absorción, ni por renuncia a una historia de fe, ni como resultado de una acción diplomática. Luego, cómo se hará realidad: será un don, y se avanza en el amor y el servicio común a los más necesitados.

Pensemos en algunas poblaciones de África, donde muchas personas mueren de hambre todavía, o en algunas de Asia, donde católicos, protestantes y ortodoxos son atacados por su fe y en ocasiones asesinados en sus templos. Los terroristas no hacen distinciones y las víctimas mueren o son heridas por igual en un verdadero ecumenismo de sangre.

Este domingo celebramos la festividad del Bautismo de Nuestro Señor Jesucristo. Este primer sacramento de la vida cristiana es un buen punto de partida para considerar la unidad de los cristianos. La gracia del Espíritu Santo descendió sobre Jesús de Nazaret, y después sobre sus apóstoles y discípulos. El pueblo elegido, con el mensaje cristiano, pasó de ser Israel a ser todo el mundo, como vimos el domingo pasado con motivo de los Reyes Magos, que significan la humanidad en busca de Dios.

Esta búsqueda común es la brújula que llevará a su término el camino ecuménico por el que invito a rezar en estos días próximos.

 

† Jaume Pujol Balcells
Arzobispo metropolitano de Tarragona y primado

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