Juan Pablo II instituyó la Jornada Mundial del Enfermo para cada 11 de febrero, haciéndola coincidir con la memoria litúrgica de Nuestra Señora de Lourdes. De este modo relacionó el cuidado que los cristianos hemos de tener siempre de los enfermos con el santuario francés que cada año acoge a miles de personas necesitadas de salud.

Desde que tomé posesión del Arzobispado de Tarragona siempre he querido unirme a las peregrinaciones a este enclave mariano del Pirineo. Se siente una emoción especial contemplando la fe y esperanza de tantos, y la ayuda inestimable de los voluntarios.

En Lourdes la Iglesia pone en manos de la Virgen la atención y posible curación de los enfermos. Lo hace siguiendo una vocación que se remonta a las enseñanzas de Jesucristo, quien «pasó haciendo el bien», curando a enfermos y consolando a quienes padecían por algún motivo.

Benedicto XVI proponía considerar al efecto la parábola del buen samaritano, aquel hombre que se compadece del malherido que yace en la cuneta de un camino. Como él, no podemos pasar de largo de los sufrimientos ajenos, no cabe la excusa de que no tenemos tiempo o de que carecemos de dinero.

Refiriéndose a este pasado de beneficencia que siempre ha caracterizado a la Iglesia, el Papa Francisco llama a preservar el buen espíritu en los hospitales católicos y no caer en el «empresarialismo» de regir estos centros según las leyes impersonales del mercado.

Los enfermos que tenemos al lado y los pobres, también los del Tercer Mundo que atiende con tanto celo Manos Unidas, son un tesoro de la Iglesia. No podemos mirar hacia otro lado cuando advertimos necesidades perentorias en nuestro prójimo. La enfermedad y la pobreza, que muchas veces van unidas, son reclamos para quien dese vivir una vida cristiana. Nuestra religión no es una lista de preceptos morales, sino un encuentro con Jesucristo que se nos manifiesta en el rostro del necesitado.

En Lourdes ponemos en manos de la Virgen la salud del cuerpo y del alma. Contemplamos la felicidad de los voluntarios que acuden en ayuda de los impedidos para desplazarse. Entre ellos y los enfermos se forjan amistades que duran años. La solidaridad es el nuevo nombre de la caridad, pero el fondo es siempre el mismo: amar a los demás como Cristo nos ha amado.

Vaya mi gratitud a todos quienes participan en estas peregrinaciones, lo mismo que a quienes llevan adelante desde hace años la labor benefactora de Manos Unidas con pobres de países lejanos. El testimonio cristiano está ahí, en estas manifestaciones de amor a los demás.

 

† Jaume Pujol Balcells
Arzobispo metropolitano de Tarragona y primado

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