La beatificación esta semana del médico Mariano Mullerat, mártir al comienzo de la Guerra Civil, es un gozo para la Iglesia universal, particularmente la de Tarragona, que ve como uno de sus hijos, un seglar padre de familia, es glorificado públicamente por su admirable testimonio de fe y humanidad.

Ya hemos recordado que incluso en sus últimos momentos, cuando le habían subido al camión que le conducía al lugar de su ejecución, en la carretera de Les Borges Blanques, se preocupó de que quedaran atendidos todos los enfermos que dejaba en Arbeca.

Presentía la muerte por haber sido alcalde de la población y por su condición de católico practicante. Cuando vio arrojar de su casa las imágenes religiosas que tenía, intuyó que volverían a por él. Pensó en huir a Zaragoza, pero al llegar a Lérida dio la vuelta y regresó al pueblo pensando en sus enfermos y poniendo por encima esta preocupación a la de su propia vida. Toda una lección de caridad, de sacrificarse por los demás hasta la muerte, siguiendo el ejemplo de Jesucristo.

Junto a esta virtud me gustaría destacar otro trazo fundamental de su vida de fe: la capacidad de perdonar. Lo hizo por anticipado. Cuando los milicianos fueron a su casa a llevárselo, sus últimas palabras fueron para pedir a su esposa y familiares que les perdonaran, como él lo hacía en aquel momento.

Llegado el trance del fusilamiento, pronunció aquellas palabras sublimes de Jesús en la cruz: «Padre, perdónalos, que no saben lo que hacen», que oyó un testigo de los hechos. Mariano Mullerat, que se confesaba con frecuencia, había experimentado el perdón de Dios en el sacramento de la Penitencia y ello le permitió imitar al Señor en este duro trance.

Los teólogos se han preguntado a lo largo de los siglos si Dios no tenía otra manera de redimir a la humanidad que mediante la pasión dolorosa de su Hijo. Una respuesta que se ha dado es: en su omnipotencia, podía, pero la humanidad necesitaba que fuera así para darse cuenta de que Dios es amor.

La frase evangélica de que «no hay amor más grande que dar la vida por sus amigos», se cumplió en el médico cuya beatificación acogió la Catedral de Tarragona. No es un ejemplo antiguo del santoral, cuya historia se desdibuja en el tiempo y cobra elementos legendarios. La vida y la muerte de Mariano Mullerat gozan de numerosos testigos que viven entre nosotros, comenzando por sus cuatro hijas.

Que el beato Mullerat sea un ejemplo para la comunidad cristiana. La caridad y el perdón son trazos principales de los seguidores de Jesucristo, y garantía de la sociedad mejor que todos anhelamos.

 

† Jaume Pujol Balcells
Arzobispo metropolitano de Tarragona y primado

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