Una de las películas que marcó, al final de los años cincuenta, mi generación fue Los Diez Mandamientos. Duraba tres horas y media y presentaba grandes multitudes, sobre las que destacaba el personaje de Moisés, encarnado por Charlton Heston, con toda su grandiosidad única.

Moisés, que recibió de Dios el decálogo, es el protagonista principal del Éxodo, segundo libro de la Biblia después del Génesis, y a él me refiero hoy en esta serie de consideraciones sobre la Biblia, un libro que da razón de nuestra fe.

Entre el siglo XV y el XIII antes de Cristo vivió este patriarca llamado por Dios a liberar a los hebreos de las manos del faraón de Egipto y conducirlos, a través de un éxodo de cuarenta años por el desierto, hasta la tierra prometida.

Es un personaje irrepetible y su vida es ciertamente de película, desde su supervivencia cuando, recién nacido, fue decretada la muerte de los hijos varones de los hebreros, hasta su muerte a la vista de la llanura de Jericó que no llegó a pisar. Pero hay algunos rasgos en él que pueden inspirar nuestra conducta.

Moisés se siente responsable de su pueblo sufriente que había caído bajo la esclavitud de «otro rey que no había conocido a José» (Éx 1,8). Es una lección que debemos aprender: hemos de sentirnos interpelados por quienes sufren a nuestro lado, sea por injusticias, por una situación de pobreza, enfermedad o soledad.

Otra enseñanza mosaica: dejarse guiar por Dios. Él es quien debe marcar la hoja de ruta de nuestra vida. De su mano vendrá la atención a nuestras necesidades, como cuando proveyó de alimento al pueblo hambriento mediante el maná, que cubría cada día el suelo como si fuera una capa de rocío (cf. Éx 16,11-36). El maná que para nosotros es la eucaristía, alimento espiritual por excelencia.

Finalmente, Moisés es también modelo de oración. Después del episodio de la zarza ardiendo, su trato con Dios, dice el Éxodo, es «como un amigo que habla con su amigo». Ante su Señor, se muestra humilde y sincero, le habla con respeto y una confianza que conmueve. En el versículo 4,10 le objeta: «Yo no he sido nunca hombre de palabra fácil […]. Soy torpe de boca y de lengua.» Y en el versículo 13 Moisés, asustado ante el encargo que Dios le da, le dice: «Óyeme Señor, te ruego que encomiendes a otro esta misión.»

Es algo que también nos puede suceder en la circunstancia en que nos encontremos: oír que Dios nos llama y pedirle: díselo a otro. Moisés habla a Dios con confianza de amigo, pero se somete a su voluntad sabiendo que cuando alguien es elegido para una misión, Dios le da las gracias necesarias para ejercerla.

 

† Jaume Pujol Balcells
Arzobispo metropolitano de Tarragona y primado

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