El Domingo de Ramos celebramos la entrada de Jesús en Jerusalén, que aun siendo la última vez que allí acudía, fue la primera en la que se deja aclamar como el Mesías deseado. Mucha gente salió al encuentro del Señor y sus apóstoles, extendiendo sus mantos en el suelo y agitando hojas de palma y ramas de olivo, escena que recuerdan peregrinos de todo el mundo que llegan por estas fechas a la Ciudad Santa.

Los Evangelios nos cuentan que Jesús cabalgaba en un pollino prestado. No escogió un caballo de raza, elegante y vistoso, como los que montaban los generales romanos cuando entraban en una ciudad bajo el arco del triunfo, al regresar de una batalla victoriosa. Jesús quiso para él un humilde asno, también para que se cumpliera la profecía mesiánica de Zacarías: «Salta de gozo, Sión; ¡alégrate, Jerusalén! Mira que viene tu rey, justo y triunfador; pobre y montado en un borrico, en un pollino de asna» (Zac 9,9).

Chesterton dedicó un bello poema, The Donkey, a este asno: «Vagabundo andrajoso de la tierra, trabajando sin fin he de vivir, sufriendo hambre y desprecio […] y siempre mudo me guardo mi secreto para mí, porque vosotros olvidáis mi hora, que fue inmortal, tremenda y dulce. Allí alzaban todos a mi paso palmas y aleluyas al Hijo de David.»

Jesús de Nazaret entró en Jerusalén en medio de la alegría popular, pero sabiendo que iba al encuentro de su Pasión redentora por nuestros pecados. Es un pensamiento que hemos de tener estos días. Cuenta santa Teresa de Jesús que, un día, entró en el oratorio y vio una imagen del Señor lleno de heridas, y se quedó impactada. Ella misma dice que el corazón parecía como si se le partiera. Se arrojó junto a Él y empezó a llorar mientras pedía al Señor que le fortaleciera para no ofenderle nunca más.

En la puerta de esta Semana Santa miremos a Jesús, meditemos sobre estos días previos a su muerte y resurrección y hagamos firmes propósitos de gratitud y de conducirnos de acuerdo con los deseos de quien dio su vida en rescate nuestro.

Las diversas procesiones que recorren nuestras calles, desde la del Borriquillo hasta la impresionante del Viernes Santo, no solamente son manifestaciones artísticas con gran seguimiento popular y una tradición de siglos; son también ocasión de que renovemos nuestra piedad, de que le digamos al Señor que nos guiaremos por sus enseñanzas no solo en esta semana sino durante todo el año. De este modo viviremos en la felicidad que él nos conquistó con su dolorosa pasión.

 

† Jaume Pujol Balcells
Arzobispo metropolitano de Tarragona y primado

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