En el año 2000 San Juan Pablo II canonizó a Faustina Kowalska, polaca como él, y durante la ceremonia declaró que cada segundo domingo de Pascua se celebraría en toda la Iglesia el Domingo de la Divina Misericordia. Este domingo celebramos, pues, esta fiesta que, pese a ser tan reciente, ha extendido por todo el mundo una devoción cada vez más firme a la misericordia de Dios.

En 1967, el entonces cardenal de Cracovia Karol Wojtyla presidió la sesión solemne que puso punto final al proceso diocesano para recopilar todos los testimonios sobre la vida de sor Faustina. Las actas fueron enviadas a Roma para que se abriera el proceso de beatificación. Y quiso el destino que fuera el mismo Wojtyla quien, convertido en Papa, beatificara a la monja en 1993 y la canonizara en el año 2000, precisamente en el segundo Domingo de Pascua.

En su homilía el Papa se refirió así a su compatriota: «Y tú, Faustina, don de Dios a nuestro tiempo, don de la tierra de Polonia a toda la Iglesia, concédenos percibir la profundidad de la misericordia divina, ayúdanos a experimentarla en nuestra vida y a testimoniarla a nuestros hermanos.»

San Juan Pablo II había escrito en su segunda encíclica titulada Dives in Misericordia: «Es conveniente ahora que volvamos la mirada a este misterio: lo están sugiriendo múltiples experiencias de la Iglesia y del hombre contemporáneo; lo exigen también las invocaciones de tantos corazones humanos, con sus sufrimientos y esperanzas, sus angustias y expectación.»

Me parece que en 2019 la necesidad de acogernos a la misericordia de Dios es más necesaria que nunca. En la Iglesia se están viviendo momentos convulsos que han exigido que el Papa Francisco convocara a obispos de todo el mundo para revisar comportamientos escandalosos de algunos sacerdotes y otros miembros del clero, en una reunión para la conversión y el compromiso, mirando al pasado y al futuro.

La Iglesia es santa por su fundación y asistencia divinas, pero está compuesta por pecadores, y en consecuencia, personas necesitadas de perdón. La misericordia de Dios viene a nuestro encuentro y evita que nuestro inmenso dolor desemboque en la frustración o la desesperación.

En algunas de las revelaciones que tuvo Santa Faustina Kowalska, oyó que Jesucristo le decía que le dolía más la falta de confianza en su misericordia que los pecados, los cuales son ocasión de ganar en humildad y esperanza en Dios. No nos cansemos de acudir al corazón de Jesús repitiendo la oración de la Corona de la Misericordia: «Por su dolorosa pasión, ten piedad de nosotros y el mundo entero.»

 

† Jaume Pujol Balcells
Arzobispo metropolitano de Tarragona y primado

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