Un día de enero de 1846 llegó a Tarragona un sacerdote de 38 años procedente del obispado de Vic, Antoni Maria Claret, reclamado aquí para una de sus predicaciones que ya eran muy apreciadas. El padre Claret, natural de Sallent, recorría Cataluña a pie y se detenía dónde iba a misionar. En el Arzobispado de Tarragona siempre tenía acogida en una habitación sencilla y en la mesa.

En este mes de mayo que hemos comenzado, recordamos una oración que él compuso y que se hizo casi tan popular como la Salve. Es la que comenzaba diciendo: «Oh, Verge i Mare de Déu, jo m’ofereixo per fill vostre…», y en la que en honor de la pureza de la Virgen le ofrecemos los ojos, los oídos, la lengua, las manos… todo nuestro ser.

La devoción que tenía el P. Claret a María era eco de una vivencia de muchos siglos, manifestada en múltiples experiencias de cristianos de muy diversos lugares. Testimonio pétreo son las ermitas y santuarios marianos esparcidos por nuestra geografía.

Durante estos años han sido innumerables las veces que he acudido a estos lugares, añadiéndome a la tradición de venerar en ellos a la Madre de Dios. Son bellas tradiciones heredadas de generaciones anteriores que siempre me han conmovido, porque parten de gente sencilla, que quizá no resistirían un debate académico, pero que atesoran con ventaja aquello que Pascal consideraba: hay razones del corazón que la razón no entiende.

En la infancia de la generación de hace sesenta años, el mes de mayo se celebraba estrechamente unido a la visita de los escolares a la imagen de la Virgen de la iglesia o de una ermita. Se le llevaba flores y cantos. Han pasado años y después hemos podido regresar a la devoción a María de un modo más reflexivo. El mes de mayo sigue siendo un tiempo en el que la Iglesia quiere tener especialmente presente a la Madre de Dios.

Una de las prácticas que podemos hacer en este mayo es rezar el rosario. Es posible que lo hayamos abandonado. Aun así, recordaremos cómo lo rezaban nuestros padres o nuestros abuelos, generalmente al caer la tarde o después de cenar. Cierto que ahora son horas que acompañamos con la televisión, pero para una persona que ama hay tiempo para todo.

También me propongo, y os propongo, leer los breves pasajes evangélicos en los que aparece la Virgen María, sobre todo en el texto de San Lucas. Nos ayudará a encontrar a la humanidad de Cristo y a conservar en el corazón, como María, aquellos sucesos que quizá no entendamos. Todo tiene sentido en nuestra vida si la ponemos, como Ella, en manos de Dios.

 

† Jaume Pujol Balcells
Arzobispo metropolitano de Tarragona y primado

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