En esta Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones que celebramos este domingo, deseo reflexionar sobre la llamada que a todos nos hace el Señor, y lo hago siguiendo el mensaje del Papa Francisco para esta Jornada.

Se fija el Papa en las dos parejas de hermanos que forman Simón y Andrés, Santiago y Juan, en su labor diaria como pescadores. En este trabajo arduo aprendieron las leyes de la naturaleza y, a veces, tuvieron que desafiarlas cuando los vientos eran contrarios y las olas sacudían las barcas.

Francisco señala: «Como en la historia de toda llamada, también en este caso se produce un encuentro. Jesús camina, ve a esos pescadores y se acerca […]. Así sucedió con la persona con la que elegimos compartir la vida en el matrimonio, o cuando sentimos la fascinación de la vida consagrada: experimentamos la sorpresa de un encuentro y, en aquel momento, percibimos la promesa de una alegría capaz de llenar nuestras vidas.»

Una profunda alegría, en efecto, experimentada por todos quienes se dejaron abrazar por la promesa y arriesgaron sus vidas confiando en que el Dios que les llama no les dejará de la mano.

«La llamada del Señor» —dice el Papa— «no es una intromisión de Dios en nuestra libertad; no es una jaula o un peso que se nos carga encima. Por el contrario, es la iniciativa amorosa con la que Dios viene a nuestro encuentro y nos invita a entrar en un gran proyecto, del que quiere que participemos.»

Nos invita a vivir una vida gozosa, con contradicciones, como nos dice cuando promete el ciento por uno y la vida eterna. Son las contrariedades ordinarias, generalmente pequeñas, pero en algunas ocasiones muy duras. Las padecieron también las personas santas, como los primeros apóstoles y esta misma experiencia han tenido todos los seguidores de Cristo y quizá también nosotros.

En el Sínodo celebrado en Roma el año pasado, sobre los jóvenes y el discernimiento vocacional, quedó claro que la pregunta correcta no es si alguien «tiene vocación», sino qué vocación tiene, puesto que todos estamos llamados por el Señor a vivir en plenitud y los caminos son numerosísimos, «tantos como personas» llegó a decir Benedicto XVI en una ocasión.

La crisis de vocaciones, sea en el matrimonio o en el celibato por amor a Dios, entronca sobre todo con la crisis de valores, en la familia, en la educación y en al ambiente, caracterizado por la superficialidad, la búsqueda de sensaciones y el rechazo tácito al compromiso estable. Para que haya decisiones de entrega debe tenerse en cuenta que la libertad no es hacer lo que nos apetece, sino hacer libremente lo que debemos. Ahí se esconde la alegría.

 

† Jaume Pujol Balcells
Administrador apostólico de la archidiócesis de Tarragona

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