Estimados diocesanos,

Con mucha alegría me dirijo por primera vez a todos vosotros inmediatamente después de la ordenación episcopal y del inicio de mi ministerio como obispo entre vosotros. Y me dirijo, hoy, en este gran día de Pentecostés, ¡en la fiesta del Espíritu Santo!

Precisamente, «El Espíritu hace joven a la Iglesia», he puesto en el lema episcopal. Es aquel Espíritu que descendió en el cenáculo y cambió los corazones atemorizados de los Apóstoles, el Espíritu que les hizo sacar el miedo y, con un corazón totalmente joven y renovado, empezaron a anunciar la buena noticia de Jesucristo, muerto y resucitado.

San Pablo VI, en el discurso de apertura de la tercera sesión del Concilio Vaticano II, decía que eran dos los factores que Jesús, para continuar su obra en este mundo, había prometido y enviado: los apóstoles y el Espíritu Santo. Los apóstoles son el agente externo y objetivo: forman el cuerpo material de la Iglesia, siempre dentro y conjuntamente con todo el pueblo santo de Dios. El Espíritu Santo es el agente interior que obra no sólo en la intimidad de cada uno de nosotros, sino en toda la comunidad. El Espíritu anima, vivifica, rejuvenece, renueva, santifica. El día de Pentecostés encontramos estos dos factores ⸻apóstoles y Espíritu⸻ admirablemente asociados: Hacían falta unos enviados, unos apóstoles para anunciar el Evangelio. Pero si Jesús no hubiera dado a los apóstoles el Espíritu Santo, el Evangelio habría quedado sólo como una doctrina teórica, los apóstoles no habrían anunciado la buena noticia de Jesús y aún estarían en Jerusalén con las puertas cerradas.

El Espíritu rejuvenece, hace joven a la Iglesia. Como afirmaba San Agustín, el Espíritu es aquel «Maestro interior» que, sin su secreta instrucción, las palabras de la predicación evangélica o, incluso, del mismo texto sagrado, no nos permitirían descubrir y asimilar toda la verdad y la fuerza que contienen y transmiten. Porque el Espíritu nos empuja a no perder nunca el entusiasmo «para escuchar la llamada del Señor al riesgo de la fe, y darlo todo sin medir los peligros», como afirma el Papa Francisco (cf. Christus vivit, 37). Con este Espíritu superaremos el pesimismo y los miedos: el miedo a la sociedad y a las personas que no piensan como nosotros, el miedo a la verdad tal como es, el miedo a mostrarnos como cristianos, el miedo a arriesgarnos a la hora de anunciar el Evangelio, el miedo a la fidelidad y a un compromiso para toda la vida, el miedo a perder el buen nombre, el miedo a ser criticados, el miedo a que el vecino tenga más que yo, el miedo a ser más pobres cuando vemos las necesidades de los demás, el miedo que los demás nos pasen por delante, el miedo a pensar que no podemos entendernos ni dentro de la misma Iglesia.

Ven, ¡Espíritu Santo! ¡Rejuvenece nuestros corazones! ¡Ven a darnos fuerza, ven a quitarnos el miedo!

† Joan Planellas i Barnosell
Arzobispo metropolitano de Tarragona y primado

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