Queridos diocesanos, estamos en pleno verano. El calendario nos proporciona a muchos de nosotros unos días para cambiar la rutina de lo que hacemos habitualmente. Se nota en casi todos de nuestros pueblos, con algunas personas que vienen de vacaciones y otras que las aprovechan para salir con la familia. Es un buen momento para hacer revisión de todo lo que hemos ido haciendo hasta ahora y, al mismo tiempo, para recobrar fuerzas para emprender el nuevo curso. Es el momento de poder pedir con el salmista: «Señor, «enséñanos a contar nuestros días para obtener la sabiduría del corazón»» (Sal 90,12), de aprender a ver los días del año en la luz del amor misericordioso de Dios Padre, que todo lo llena de vida, siendo conscientes al mismo tiempo de nuestra pequeñez y brevedad. Es también lo que dice otro Salmo: «Señor, dame a conocer mi fin, y cuál es la medida de mis años, para que comprenda lo caduco que soy» (Sal 39,5). La forma en que se debería evaluar un curso o un periodo de nuestra vida tiene mucho que ver de como fuimos capaces de amar, de perdonar, de experimentar alegría, de aprender cosas nuevas, de doblegar nuestros egoísmos, de compartir gratuitamente con alguien…, sin tener miedo del sufrimiento ni del temido fracaso, porque ambos son sólo instancias de aprendizaje. Por tanto, de cara al nuevo curso, os propongo tres actitudes para hacer camino superando las dificultades, aprendiendo cada día a ser mejores:

  1. Amar a Dios y al prójimo todos los días de nuestra vida. Otro salmo también nos dice que «el principio de la sabiduría es el temor del Señor» (Sal 111,10). Venerar, amar, acoger la Palabra de Dios, ser buenos samaritanos con todos, como afirma el Papa Francisco: «La Iglesia de hoy debe ser una Iglesia samaritana.» ¡Todo está abierto al amor!
  2. Dejar huella. Es como decir que tendremos que aprender a amar la responsabilidad como una instancia de crecimiento personal y social. El trabajo que hacemos, sea remunerado o no, dignifica el espíritu y nos hace bien en nuestra salud. Tenemos que poder cansarnos, porque eso quiere decir que estamos entregando lo mejor de nosotros. A esta tierra venimos a cansarnos, ya que para dormir tenemos siglos después.
  3. Trabajar para ser felices, libres, desplegando las potencialidades que llevamos. Deberíamos ejercer nuestra libertad haciendo lo que tenemos que hacer, con gozo, y cultivar la fuerza de voluntad, el espíritu de sacrificio y abnegación, el maravilloso talento de saber esperar, de postergar gratificaciones inmediatas detrás de cosas mejores. Intentemos crecer en la dimensión espiritual. La apertura a la trascendencia y dar sentido a lo que hacemos tiene mucho que ver con llegar a poseer la llamada «inteligencia espiritual» que nos llevará a la felicidad. Intentemos también dosificar la tecnología que tenemos a nuestro alcance ―móviles, Internet, TV, etc. ―, y demos paso al diálogo, a los encuentros familiares y con amigos, dentro y fuera de casa. Valoremos la intimidad, el calor y el amor dentro de la familia. Seremos felices no para que desaparezcan los problemas ―estar vivo es siempre tener nuevos problemas―, sino porque los aprenderemos a afrontar «con la sabiduría del corazón».

¡Feliz verano!

† Joan Planellas i Barnosell
Arzobispo metropolitano de Tarragona

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