Queridos diocesanos. En medio del mes de agosto celebramos la fiesta de la Asunción de María. Esta fiesta, vivida popularmente en muchos de nuestros pueblos y ciudades, es como una ola de aire fresco, como un oreo de alegría y de esperanza para nuestras vidas y para nuestro propio futuro.

La primera reacción del corazón cristiano ante la gloria final de María debería estar pautada por el canto del «Magnificat» cuando afirma: «Desde ahora me felicitarán todas las generaciones, porque el Poderoso ha hecho obras grandes en mí». Felicitar a la madre es el primer impulso de todo hijo bien nacido. Porque Dios ha obrado maravillas en María: desde su concepción hasta la asunción, pasando por su maternidad divina.

Pero, después de esta felicitación cordial, podríamos pensar en el significado que tiene hoy celebrar esta fiesta. Porque el misterio de María asunta tiene algo muy importante que decirnos a nosotros que, en el mundo que nos toca vivir, nos ocupamos y preocupamos tanto por el cuerpo humano y, a veces, bien poco nos ocupamos del espíritu.

Debemos decir, en primer lugar, que la fe cristiana en la resurrección no se opone al cultivo del cuerpo por parte de la sociedad actual, sino que más bien lo supera. Porque la civilización de hoy termina su culto al cuerpo en el deporte, el placer y la belleza anatómica. Pero la fe cristiana extiende su interés corporal más allá del exterior de la carne joven de los mitos o de los anuncios de la sociedad de consumo. La fe cristiana comienza por la glorificación del cuerpo humano ya durante el tiempo, convirtiendo el que se bautiza en templo del Espíritu Santo, alimentando el cuerpo de los creyentes con el Cuerpo y la Sangre de Cristo, transformando la unión del hombre y la mujer en un sacramento del amor de Dios, o consagrando con la unción final el cuerpo troceado o envejecido de los cristianos. Y todo esto tiene lugar ya en este mundo, como prólogo de la glorificación final después del paso de la muerte a la que, junto con su hijo Jesús, ha llegado María.

En segundo lugar, hay que afirmar que los cristianos tenemos que seguir las huellas de María. Ella mereció la glorificación de su cuerpo porque, además de su fe extraordinaria, fue un modelo excepcional de madre y de virgen. Maternidad y virginidad, dos realidades que encontramos íntimamente unidas en María y que convendría valorar adecuadamente en los momentos actuales. Por que la paternidad o la maternidad sin el misterio de la virginidad es el impudor: es el hombre desgarrado o la mujer de las banalidades. No hace mucho, leía en un libro de espiritualidad cristiana: «Si eres una virgen en un convento no te olvides de ser madre. Si eres una madre de familia no te olvides de ser virgen. Sólo así serás auténticamente mujer, tal como lo fue la Virgen».

Felicito de corazón a todas las mujeres que hoy celebráis vuestra onomástica. Felicito también de corazón a las parroquias que celebráis la fiesta de la Asunción. Felicito de corazón a todo el Pueblo santo de Dios porque tenemos en María nuestro modelo y ejemplo. Allí donde ella ha llegado, también nosotros tenemos la esperanza de llegar.

 

† Joan Planellas i Barnosell
Arzobispo metropolitano de Tarragona

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