Queridos diocesanos. En muchos ambientes sociales, hoy, lo más corriente es no creer. Parece como si estuviera de moda declararse agnóstico, no creyente o ateo. Muchos pasan de Dios, de la religión y la moral. Podemos considerar varias formas de incredulidad. Una, quienes habiéndose planteado seriamente la cuestión de Dios, no han llegado a encontrarlo. Otra, quienes simplemente niegan Dios. Otra, los que hacen el silencio sobre Dios, pasan de la cuestión y llevan una vida materialista y egoísta, como si Dios no existiera. Aunque hay quienes hacen el mal a otros y piensan que nadie les debe rendir cuentas.

Ante esta realidad, quisiera despertar y fortalecer vuestra fe. La vuestra y la mía, ya que todos tenemos necesidad. Como afirma San Pablo, todos «llevamos este tesoro en vasijas de barro» (2 Corintios 4, 7). Y tenemos que vigilar sobre nosotros mismos. Saber dedicar un rato a reavivar nuestra fe. La vida y los años llevan desgaste. Si una enfermedad nos hace visitar al médico o ingresar en el hospital ¿no debemos hacer lo mismo para la vida cristiana?

Creer es una aventura espiritual. A veces, es como un salto al vacío. Es que la luz de Dios brilla, pero en la oscuridad. Es como cogerte a la mano de una persona a la que no conoces mucho, pero confías y te dejas conducir. Debemos procurar conocer mejor a Dios, el Evangelio, la Liturgia. Una fe seria y adulta necesita ayudas. Vivir la fe es una aventura, porque amar siempre conlleva un riesgo. En el caso de la fe cristiana, el Otro merece confianza. Dios nunca falla. Nosotros le hemos fallado muchas veces. Pero Dios ama incluso cuando nosotros no lo amamos.

Hoy, sobre este punto, os propongo reflexionar simplemente en los Mandamientos. Los Mandamientos de la Ley de Dios no son cadenas, sino camino de luz y de fe. Cuando era pequeño e iba a «Doctrina», es decir, a la catequesis de la parroquia, nos decían que los mandamientos se resumen en dos. La Biblia los expone con términos muy vigorosos:

Primer mandamiento: «Escucha Israel: El Señor es nuestro Dios. El Señor es uno solo. Amarás, pues, al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas. Estas palabras que yo te mando hoy estarán en tu corazón, se las repetirás a tus hijos y hablarás de ellas estando en casa y yendo de camino, acostado y levantado» (Deuteronomio 6,4). Esta es la verdadera identidad de la persona creyente. El segundo es importante como el primero: Amar de corazón a todo el mundo, que somos hermanos. Llevar amor a casa. Atender a los enfermos, viejos y todos los que sufren. Ayudar a los pobres que son víctimas del egoísmo y las injusticias. Jesús habló de esto en una parábola espléndida y provocadora: El buen samaritano. Ante un hombre malherido por unos ladrones, el sacerdote y el levita pasan de largo, porque piensan que ese no es su problema. Pero un samaritano, lo carga, le cuidado y venda sus heridas, lo lleva a la posada y paga lo que cuesta el cuidado.

Resulta, por tanto, que el amor al prójimo es el comprobante de la autenticidad del hecho de que creemos en Dios. Por lo tanto, podemos decir: «¡Señor! Danos más amor, es decir, ¡danos más fe!».

† Joan Planellas i Barnosell
Arzobispo metropolitano de Tarragona

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