Estimados diocesanos. Hoy os hablaré de un jesuita francés, el padre Lucien Aimé Duval, fallecido en 1984. Con la vida de este religioso quiero manifestar las luces y las sombras que muchas veces observamos en los que nos rodean y, con frecuencia, en nosotros mismos.

De bien joven, Lucien Duval sentía la llamada al ministerio sacerdotal. Además, tenía facilidad para el canto y la poesía, y comenzó a componer unas primeras canciones. En 1936 se incorporó definitivamente a los jesuitas y estudió teología. El 24 de julio de 1944 recibió la ordenación sacerdotal en Bélgica. Seguidamente trabajó como profesor en Reims, hasta que, más tarde, pudo dedicarse por completo a la música. Pocos años después de su ordenación, Duval empezó a escribir canciones de contenido espiritual y religioso de gran valía. Pronto fue invitado a dar conciertos. Sus giras lo llevaron por toda Europa: hizo tres mil conciertos en cuarenta y cinco países, llevando mucha alegría sobre todo a los jóvenes. Su primer disco se publicó en 1956, y en 1961 ya había vendido más de un millón. En Francia le llamaban «el guitarrista de Dios» e, incluso, uno de los más grandes teólogos católicos del siglo XX, Karl Rahner, honró sus poemas y composiciones como «una canción que emerge del corazón».

Pero el estrés de las giras y los cambios arriba y abajo lo llevaron a un trastorno de alcohol que se aceleró rápidamente. En febrero de 1969 tuvo una gran crisis y, después de una desintoxicación alcohólica, luchó para reconocer la adicción como enfermedad. Desde entonces, visitó regularmente las reuniones de los Alcohólicos Anónimos. Incluso, para ayudar a sus compañeros enfermos, se puso a escribir una narración implacable de su adicción, que fue publicada poco antes de su muerte con el título L’enfant qui jouait avec la lune ‘El niño que jugaba con la luna’. El libro, que se convirtió en un éxito de ventas, sólo lo firmó con su nombre: Lucien. Pero el subtítulo era su descripción propia: cantante, jesuita, alcohólico. Aimé Duval moría el 30 de abril de 1984 poco después de un concierto en Metz.

Acabamos de reseguir una vida de fe y de esperanza en Jesucristo, una vida de un ministro de la Iglesia que quiso dar y darse a manos llenas, pero que a veces tuvo momentos sumamente trágicos, viviendo en una verdadera montaña rusa. En uno de sus escritos, afirma que, a pesar de todo, le ayudó muchísimo el hábito de la oración que había aprendido de pequeño en casa, con sus padres. En este sentido, escribe: «Ciertamente que nuestro Señor debe ser un trozo de pan al que se le pueda hablar arrodillado después de todo un día de cortar leña, o con un niño en el regazo y con un delantal de la cocina puesto […]. Las manos del padre, los labios de la madre: ellos son los que me enseñaron más sobre el Señor que cualquier catecismo.» Estimados: a veces, la vida es dura y punzante. Pero, a pesar de todo, el Dios de Jesucristo es Alguien muy cercano que nos conforta en las adversidades. Con todo, cada vez soy más consciente que tan sólo se puede hablar verdaderamente con él después de haber trabajado, después de haber sufrido.

 

† Joan Planellas i Barnosell
Arzobispo metropolitano de Tarragona

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