Muy estimados, orar es ponernos en manos de Dios. Es pensar en Dios amándolo. Y, al mismo tiempo, sentirnos amados por el Padre del cielo.

Cuando rezamos no se trata de recordar a Dios lo que tiene que hacer. Ni está lejos de nosotros, ni está distraído. La oración es más bien un diálogo con Dios: escucharlo y hablar con él. Cuando hablamos con una persona lo hacemos según quien es o como la consideramos: con respeto si es una autoridad, con afecto si es el padre o la madre, con confianza si es la esposa, el marido o los hijos, o un buen amigo. Dios es padre y amigo como no hay otro. No falla nunca. Esto nos hace ver cómo debe ser la oración: llena de estimación, de confianza, de esperanza, de obediencia. ¿Qué ganamos? La garantía de la oración es el amor que Dios nos tiene y la certeza de cotejar nuestra vida a la luz de su palabra.

En el camino de la vida hemos encontrado muchas personas de las que somos deudores. Algunos ya han muerto, otros viven todavía. Nosotros, los cristianos, oramos por los vivos y por los difuntos. ¿Por los difuntos? ¿Qué favor les hace? Por la fe, sabemos que la vida continúa después de la muerte. «La muerte no destruye la vida de los que creen, tan sólo la transforma; y al deshacerse nuestra morada terrenal, encuentran otra de eterna en el cielo», rezamos en uno de los prefacios de la misa. No viviremos siempre en esta tierra, pero viviremos con Dios. «No es la casa permanente» se encuentra grabado en latín en el dintel de piedra de la puerta de una casa de uno de los pueblos ampurdaneses donde ejercí de sacerdote.

Cada día rezo más por «mis» difuntos. Me siento ligado, unido y agradecido. Los padres que me iniciaron en la fe, los abuelos que nos amaron y cuidaron cuando éramos pequeños. Miembros de la amada familia, o la vecina de casa que siempre nos compraba juguetes y el domingo esperábamos sus golosinas. El maestro del pueblo, que me apoyó en los primeros años de aprendizaje. Los sacerdotes que fueron decisivos en un momento de la vida, algún buen amigo con quien lloramos y reímos… Los muertos en plena juventud, y que intenté que murieran confiando en Dios. Está claro que cada uno tiene sus difuntos, como también tiene sus santos, porque los cristianos no somos una familia hecha en serie y las relaciones y las dependencias siempre son diferentes. «¡Los santos nos añoran!», decía San Bernardo.

Pero no podemos cerrar este círculo con la gente que hemos querido y que se nos han adelantado en el camino de esta vida. La «comunión de los santos» es una fraternidad y una oración universal que incluye los difuntos desconocidos y también los vivos mismos. De ahí que debemos orar por los enfermos graves o que están solos, por los muertos de accidente, de violencia o víctimas inocentes de terrorismo y de guerras. Debemos orar no sólo por los de casa y los amigos, sino también por los pobres y los que sufren, por una Iglesia misionera y por su unidad, por las vocaciones, por la paz, por una Iglesia que proclame Jesús. Para que la gente sea menos fría y más abierta al Evangelio. Oremos por todos los que nos acompañan en el viaje de esta vida, hasta que lleguemos «al cielo nuevo y la tierra nueva» que Dios nos ha preparado.

† Joan Planellas i Barnosell
Arzobispo metropolitano de Tarragona y primado

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