Estimados diocesanos, hace unos años, el entonces cardenal de Milán, Carlo Maria Martini, publicó una carta pastoral con motivo de la clausura de un Sínodo que se había celebrado en aquella archidiócesis italiana. El título era este: Ripartiamo da Dio. ‘Volvamos a empezar a partir de Dios.’ En el mundo de hoy nos movemos en medio de nebulosas tan espesas que para orientarnos tenemos que volver al punto de partida, al inicio de la fe. La Iglesia que habla de solidaridad, de justicia y, incluso, de nacionalismos, ¿es capaz hoy de hablar de Dios?

En el Concilio Provincial Tarraconense de 1995 se pidió en más de una ocasión: «Enseñadnos a orar.» Y no se decía con un lamento conservador, al contrario. El punto de partida de la oración es el encuentro con Dios, de lo contrario rezamos al aire. Se habría podido decir: «Enseñadnos a encontrar a Dios.»

El Concilio Provincial, al inicio del capítulo segundo, aprobó la siguiente propuesta, considerada, además, prioritaria: «La Iglesia escucha la Palabra de Dios y la proclama como Palabra de salvación. El Concilio […] insta a los fieles cristianos a escucharla en la Iglesia y a orar con ella, a fin de vivir de su fuerza transformadora y en plena obediencia de fe al Señor, bajo la guía del Espíritu Santo.»

Al Dios de los cristianos no se llega simplemente a través de discursos de filosofía. Es Él quien se acerca a la vida de los hombres y se manifiesta en su historia. En el Cenáculo, antes de la pasión, el apóstol Felipe pide a Jesús: «Señor, muéstranos al Padre y nos basta» (Jn 14,8). Y Jesús le responde: «Felipe […], quien me ha visto a mí, también ha visto al Padre» (Jn 14,9). El Dios revelado en Jesucristo se esconde en Jesús.

A veces hablamos mucho sobre Dios y terminamos «domesticando el misterio», como afirma el Papa Francisco. Y añade: «Cuando alguien tiene respuestas a todas las preguntas […] es posible que sea un falso profeta, que utiliza la religión en beneficio propio, al servicio de sus elucubraciones psicológicas y mentales. Dios nos supera infinitamente, siempre es una sorpresa y no somos nosotros los que decidimos en qué circunstancia histórica encontrarlo, ya que no depende de nosotros determinar ni el tiempo ni el lugar de encuentro» (Gaudete et exsultate, 40-41). De hecho, un dios que no causa sorpresa es una criatura más, no es Dios.

El centro de la fe cristiana es la resurrección. Es la gran sorpresa. En el Cristo que sufre hay alguien que lo acompaña, que lo sostiene, que cuando en la cruz habrá entregado el último aliento, lo resucita. El centurión tenía un corazón limpio, la capacidad de sorprenderse. Por eso es capaz de creer: «Verdaderamente, este hombre era Hijo de Dios» (Mc 15,39).

Los cristianos que tenemos la misión de darlo a conocer, nos deshacemos en discursos. No nos damos cuenta de que le ayudamos a descubrir a los hermanos cuando, a la hora de la verdad, confiamos en Él, y cuanto más plena es la confianza, más.

La confianza que Jesús tiene con el Padre del cielo causa sorpresa y da ganas de hacer lo mismo, llama a hacer como él.

«¡Volvamos a empezar a partir de Dios!»

† Joan Planellas Barnosell
Arzobispo metropolitano de Tarragona y primado

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