Leemos en el libro de los Salmos: «El pobre no será nunca olvidado, no se verá defraudada la esperanza de los humildes» (Sal 9,19). Con estas palabras del salmista, el Papa Francisco encabeza la convocatoria de la tercera jornada dedicada a los pobres, que tiene lugar este domingo. Se trata de una jornada mundial dirigida a todos los católicos, invitándonos a hacer un proceso de conversión para reorientar la propia vida confrontando adecuadamente el problema de los pobres y los desvalidos del mundo.

El momento en que fue escrito el Salmo era una época arrogante y sin ningún sentido de Dios, donde se perseguía la gente sencilla para apoderarse incluso de lo poco que tenían y reducirlos a la esclavitud. Hoy no hemos cambiado mucho, indica el Papa. La crisis económica no ha impedido el enriquecimiento de muchos grupos de personas, mientras por la calle nos hemos ido encontrando cada vez más con las víctimas de la sociedad opulenta, los descartados de la sociedad, los tirados en la acera del camino de la vida sin ningún buen samaritano que se haya compadecido de ellos. Muchos jóvenes de todo el mundo se ven en la necesidad de emigrar, huyendo del hambre o de la guerra; pero se levantan muchos muros que bloquean sus puertas de entrada. Es el fruto del deseo egoísta de sentirse seguros con las propias riquezas, en detrimento de los que se quedan fuera. Pasan los siglos y la condición de los ricos y los pobres se mantiene casi inalterada, como si la experiencia de la historia no nos hubiera enseñado nada.

Los pobres son los primeros capacitados para reconocer la presencia de Dios y dar testimonio de su proximidad en sus vidas. Sin embargo, para superar la opresiva condición de pobreza es necesario que perciban la presencia de los hermanos y hermanas que se preocupan por ellos y que, abriendo la puerta del corazón y de la vida, los hacen sentir amigos y familiares. Sólo de esta manera podremos «reconocer la fuerza salvífica de sus vidas» y «ponerlos en medio del camino de la Iglesia», como afirma el Papa Francisco en la exhortación sobre La alegría del Evangelio (n. 198). La Iglesia debe estar siempre cercana a los pobres, porque es un pueblo en medio de las naciones que tiene por vocación no permitir que nadie se encuentre extraño o excluido, dado que implica a todos en un camino común de salvación.

«La esperanza de los humildes» a la que alude el Salmo mencionado, se comunica a través del consuelo, que se realiza acompañando a los pobres no por un momento, afirma el Papa, sino con un compromiso que se prolonga en el tiempo. Los pobres obtienen esperanza cuando no nos ven complacidos por haberles dedicado un poco de nuestro tiempo, sino cuando reconocen en nuestro sacrificio un acto de amor gratuito que no busca la recompensa. Felicito a los voluntarios que tenéis cuidado de los pobres a seguir y a intensificar vuestro trabajo, invitando también a otros en esta tarea. Y os recomiendo que vayáis más allá de sus necesidades materiales, para poder descubrir la bondad escondida en sus corazones.

 

† Joan Planellas Barnosell
Arzobispo metropolitano de Tarragona y primado

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