En la exhortación del Papa Francisco sobre La alegría del Evangelio, bajo el epígrafe general de las tentaciones a las que nos vemos sometidos los miembros de la Iglesia, el Papa formula un enérgico «sí» a la espiritualidad que hay que vivir en un mundo globalizado y complejo (n. 76-109). Permitidme que, teniendo por guion de fondo el documento papal, proponga una revisión de lo que puede dañar nuestra espiritualidad.

Los Padres antiguos hablaban a menudo de la acedía o tristeza, de la pesadez de espíritu que hace vivir mal aquello que se hace como si fuera una carga insoportable. Este es el primer punto. En ciertos momentos de la vida se apodera de nosotros una insatisfacción generalizada, como si todo lo que hacemos por la causa del Evangelio no tuviera demasiado sentido (n. 82). Entonces nos desanimamos y nos abandonamos; y la primera en resentirse es la calidad espiritual de nuestra oración: rezamos poco y mal, a toda prisa, con precipitación, o acabamos no rezando. Las causas de lo que podríamos llamar «tristeza invasiva» pueden ser muchas, y tienen que ver con las dificultades de la vida misma. Entonces hay que reaccionar retomando el entusiasmo del dinamismo apostólico. La vida del corazón debe reflorecer, la oración nos debe guiar, el afecto por quienes nos necesitan debe reencenderse dentro de nosotros. No podemos vivir en la tibieza, porque acabaríamos en la frialdad. El descenso de temperatura espiritual, indicado por un sentimiento difuso de tristeza e incomodidad, pide un retorno al Señor. ¡Si esperamos demasiado o si no le damos importancia, acabaremos lejos de la joya del Evangelio!

El segundo punto de revisión es sobre la mundanidad espiritual. Esta suele ser más desastrosa que la mundanidad moral, dice el Papa (n. 93). Cuando el fariseo de la parábola (Lucas 18,10-14) reza ostentosamente de pie en el templo y proclama ante Dios que él es un judío ejemplar, religioso y cumplidor, cae en el engaño de la apariencia. Parece que reza pero de hecho se ensalza a sí mismo. No busca la gloria de Dios, sino que busca su propia gloria. La prueba es que sus ojos son incapaces de mirar el publicano como Dios mismo lo mira. La misericordia de Dios llena el corazón de aquel hombre pecador que pide piedad, y en cambio esta misericordia no puede entrar en el corazón de quien no pide nada y que, por tanto, en último término, no reza. Para decirlo con las palabras del Papa, el fariseo de la parábola es un hombre «autorreferencial» que se siente seguro de su virtud y de su práctica de la religión. Bajo unas apariencias de fuerte religiosidad surge de hecho una mundanidad que es desastrosa para el espíritu. Las causas de la mundanidad espiritual son diversas, pero se pueden resumir en creerse que somos mejores que los demás. Entonces surgen las críticas indiscriminadas, la vanidad, los sentimientos de superioridad e, incluso, la superficialidad en el tratamiento de las personas. Procuremos enderezar esta situación pensando que todos somos «familia de Dios» y que todos caminamos con nuestras grandezas y miserias. ¡Estemos alerta y luchemos espiritualmente con las armas interiores porque, salvo el Señor, nadie ocupe el castillo de nuestra alma!

 

† Joan Planellas Barnosell
Arzobispo metropolitano de Tarragona y primado

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