Escuchamos la voz de los ángeles, escuchamos el anuncio feliz. Abrimos el oído y acogemos la noticia bienaventurada que, aún hoy, resuena así: «No temáis, os anuncio una buena noticia que será de gran alegría para todo el pueblo: […] os ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor» (Lc 2,10).

Este anuncio extraordinario no procede de nosotros, los mortales. No lo ha inventado ningún hombre, no lo ha engendrado ninguna ideología ni ninguna institución terrenal. Encontramos aquí «el punto esencial por el que el cristianismo se diferencia de las otras religiones […]. El cristianismo comienza con la encarnación del Verbo» (Tertio Millennio Adveniente 6). Es la eternidad quien entra en la historia, es Dios quien viene al encuentro del hombre para indicarle el camino por el que podrá llegar a él. El cristianismo, por tanto, no es la religión que busca a Dios para poder «acercarse a tientas y encontrarlo» (Hch 17,27), sino la respuesta de fe al Dios que se revela y se comunica entrando en la misma historia humana. Como afirma el Evangelio de Juan, Dios mismo «se hizo carne y habitó entre nosotros» (1,14).

Pero también, las mil voces que resuenan en la atmósfera de nuestro mundo, ¿hasta qué punto posibilitan todavía distinguir y captar el mensaje del Dios entre nosotros? ¿Cuántas veces el Cristo que viene en medio de nosotros es más bien temido y ahogado como el reclamo a una verdad que se prefiere ignorar? No es este el lugar para limitarnos a una apología de Cristo. Pero en la vida de cada día, sí que deberíamos estar en condiciones de hacerla, y de convertir en testimonio para Cristo tanto la conciencia de la insuficiencia del hombre moderno para lograr una estatura digna de él, como la profunda actualidad de la fe cristiana por la que todos tenemos que estar celosos y sentírnosla nuestra.

Y debemos decir: ¡Sí! Más que nunca el mundo tiene necesidad de Cristo. Más que nunca el mundo tiene necesidad de un Salvador. Él se ha hecho presente en nuestra historia para renovarla. Él ha venido entre nosotros para que conozcamos de verdad quién es Dios. ¡Él ha venido porque ya en este mundo podamos participar de la vida de Dios!

Pero el encanto de la Navidad sólo podrá ser captado y acogido por los que son limpios de corazón, los sencillos y los humildes, por los que practican la justicia, por aquellos corazones capaces de intuir el desengaño de la falsa sabiduría: aquella que lleva a la locura de la prepotencia sobre los demás para conseguir el poder o el dinero, aquella de la corrupción para llenar el bolsillo, aquella del materialismo como única justicia, aquella del placer como norma turbia prevaleciendo sobre los deberes y los destinos de la vida.

Hoy Jesús nos habla también desde su pesebre, con su acento inconfundible, suave y penetrante. Y nos dice: «Bienaventurados los pobres, bienaventurados los mansos, bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, bienaventurados los misericordiosos, bienaventurados los limpios de corazón, bienaventurados los que trabajan por la paz» (Mt 5,3-9); «bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen» (Lc 11,28) y «¡bienaventurado el que no se escandalice de mí!» (Mt 11,6). Con estos sentimientos, ¡Santa Navidad!

† Joan Planellas Barnosell
Arzobispo metropolitano de Tarragona y primado

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