En el marco de las fiestas de Navidad, la fiesta de la Sagrada Familia es un don de Dios que nos invita a parecernos a la familia de Nazaret para poder reflejarnos en su testimonio y, de este modo, reencontrar la grandeza de la vida familiar.

Las familias son objeto de una gran esperanza en todo el mundo, pero hoy, al mismo tiempo, se vuelven muy frágiles. Las condiciones económicas son complicadas. El trabajo lejos dispersa a menudo las familias. El paro desmoraliza los jóvenes y desestabiliza los hogares. Las mentalidades evolucionan. Hay nuevas relaciones en el seno de la familia, además del nuevo lugar de la mujer en la familia y en la sociedad. Pero también está el miedo al compromiso para toda la vida, el culto de «todo debe ser enseguida», el miedo a la renuncia y al espíritu de sacrificio por el otro… Todo esto último arruina la familia, mina la fidelidad y amplifica los conflictos entre generaciones. ¿Cuántos padres no se desesperan al ver a sus hijos convertirse en hijos e hijas «pródigos», como el del Evangelio? ¿Cuántos jóvenes no carecen de hogares sólidos y radiantes a los cuales quieran parecerse? ¿Cuántos niños, rasgados entre sus padres separados, se encuentran faltos de la seguridad afectiva tan necesaria para el equilibrio de la persona?

El recuerdo de la familia de Nazaret, la familia de Jesús, se convierte en un reto para nuestro tiempo, en que tantas familias se rompen, o tantos jóvenes han decidido de vivir simplemente en pareja porque ven en el matrimonio tan solo una convención burguesa o la oficialización del egoísmo entre dos personas.

El recuerdo de la familia de Jesús pide, en cambio, poner en el centro el amor cristiano, con toda su grandeza, delicadeza y exigencia. Esto supone una actitud a la vez respetuosa y crítica. No existe ninguna realización familiar perfecta del todo. Hay que subrayar que el Evangelio no condena nunca, sino que asume, impulsa y corrige, para hacer crecer en el único Espíritu. Es así como el Evangelio «salva» no solo a las personas sino también a los grupos humanos, y especialmente este básico que es la familia.

«Concedednos de imitar siempre los ejemplos de la Sagrada Familia», rezamos en una de las oraciones del Misal Romano de la fiesta de hoy. No, naturalmente, en sus mismas formas y estructuras, pero sí en su Espíritu: el del amor, el servicio, la generosidad y la búsqueda del bien de todos. Por tanto, el recuerdo de la familia de Nazaret es una invitación a ver nuestra propia familia a la luz de la experiencia familiar del mismo Jesús. Es también una invitación a no reducir la vida de familia a los problemas de pareja, sino a abrirla a la comunión con Dios, de manera que la familia se convierta en un signo luminoso y transparente del diálogo entre Dios y los hombres.

 

† Joan Planellas Barnosell
Arzobispo metropolitano de Tarragona y primado

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