Acabamos de empezar un nuevo año y conviene que esté impregnado por un deseo de paz. Con todo, los conflictos bélicos se han mantenido en diversos lugares del planeta y en otros han permanecido de forma soterrada, como si ya no fueran noticia. Las muertes de personas por asesinato o masacre conforman una triste lista de víctimas inocentes que son carne de cañón de guerras que nunca desearon. Los brotes de violencia en la calle del pasado mes de octubre, con motivo de la sentencia del proceso, nos hicieron temblar a todos. La violencia llamada de género especialmente contra las mujeres por razones sentimentales o sexuales provoca decenas de víctimas cada año. Los naufragios en el Mediterráneo, muchos de ellos inducidos por una Europa que mira hacia otro lado o por gente sin escrúpulos que son verdugos de quienes mueren de esperanza, se han multiplicado. Con todo, Europa continúa dañando su alma, pensando solo en sí misma, sacrificando energías en el becerro de oro de la economía especulativa, viviendo en la excitación vacía del fruir en el día a día, convirtiendo la construcción del hombre espiritual en una búsqueda caprichosa de espiritualidades evanescentes.

Mientras tanto, hay un grado muy alto de violencia en nuestro mundo. La violencia es hija del odio, del deseo de agredir. La violencia, como la riqueza, no se detiene. Cuanto más la practicas, más sangre derramas. Y cuanto más violento eres, más justificaciones necesitas. La violencia, aunque parezca ciega, no lo es. Siempre pide una explicación. Una acción violenta se cubrirá con un argumento, un razonamiento, un sentimiento, un proyecto. Sin embargo, en el fondo, la violencia es el triunfo del propio «yo», ahora convertido en un pequeño ser omnipotente, dueño de la vida y de la muerte, señor del arma mortífera que sirve para afirmarse a sí mismo y «pasar» a la historia. El violento es una persona que, en último término, necesita ser «alguien» e imponerse al otro hasta destruirlo sin piedad.

La violencia no está lejos de nosotros. Convivimos con ella, la tenemos al alcance, la sangre nos puede hervir en cualquier momento y podemos caer en una espiral de consecuencias imprevisibles. No despreciemos la violencia, ningún tipo de violencia, ni siquiera la verbal: Jesús muestra la gravedad del insulto y de la maldición haciendo merecedor del infierno al que los practica (ver Mt 5,22). No justifiquemos la violencia cuando alguien la defienda. Defender la violencia solo se puede hacer en nombre del odio, y el Evangelio que nosotros predicamos es un Evangelio de perdón. Por ello, tenemos una responsabilidad como cristianos.

El Evangelio nos invita a apostar por el bien y por la paz, que es «el camino de esperanza ante los obstáculos y las pruebas», como afirma el Papa Francisco en la Jornada de la Paz de este año. La paz resulta un camino de escucha fundamentado en la solidaridad, en la fraternidad y en la memoria, que evita cometer los mismos errores y, al mismo tiempo, se convierte en «el horizonte de la esperanza», dice el Papa. Porque «muchas veces, en la oscuridad de guerras y conflictos, el recuerdo recibido de un pequeño gesto de solidaridad puede inspirar también opciones valientes e, incluso, heroicas». Con este deseo, ¡feliz año nuevo a todos!

† Joan Planellas Barnosell
Arzobispo metropolitano de Tarragona y primado

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