Estimados:

Estos días, he tenido la oportunidad de repasar la obra de Georges Bernanos (1888-1948), uno de los grandes escritores católicos franceses del siglo XX, que inició un amplio horizonte de pensamiento cristiano; un hombre profundamente humano y, al mismo tiempo, intransigente con las exigencias de fe, porque creía en Dios incondicionalmente. Los personajes de sus novelas, santos o sinvergüenzas, llevan la lucha interior hasta las últimas consecuencias. En cambio, lo estéril, lo desesperanzador, lo que nunca será «tocado por la gracia» —sugiere Bernanos—, son las almas tibias, cerradas cómodamente en su orgullo o en su indiferencia. Bernanos cree en el misterio de la Iglesia, con Jesús viviente en ella, sean como sean sus hombres y mujeres. Un año antes de su muerte, escribe a una comunidad de Hermanitas de Carlos de Foucauld: «Si el mundo fuera la obra maestra de un arquitecto preocupado por las proporciones, de un profesor de lógica o de un Dios deísta —que se desentiende de la obra que ha creado—, la Iglesia ofrecería un espectáculo perfecto de orden, donde la santidad sería el privilegio de quienes mandan: cada grado de la jerarquía iría acompañado de un grado más de santidad, hasta llegar al más santo de todos, el Papa. ¿Os gustaría, sin embargo, una Iglesia de este tipo? ¿Os sentiríais a gusto en ella? Lo dudo. Lejos de sentiros como en casa, quedaríais a la entrada de esta cofradía de superhombres y extenderíais la mano como un mendigo en la puerta del Ritz. La Iglesia es una casa normal y en las casas normales siempre hay cosas desordenadas: una silla coja, la mesa con manchas de tinta, los botes de confitura se vacían solos en el armario; lo he vivido, tengo experiencia.»

Sin embargo, Bernanos nunca se planteó salir de una Iglesia así; y no por sentirse ligado sociológicamente, sino por su profunda fe. Su fe, robusta como un roble, le decía que, a través de la Iglesia, Dios comunica la salvación a la humanidad. Como afirma el Concilio Vaticano II, «la Iglesia es en Cristo como un sacramento, es decir, signo e instrumento de la íntima unión con Dios y de la unidad de todo el género humano» (LG 1), a pesar de las deficiencias y el pecado de sus miembros.

Da que pensar lo que Bernanos escribe en su libro Nosotros los franceses, siendo un hombre que no ahorraba críticas a la Iglesia: «Yo no sería capaz de vivir ni cinco minutos fuera de la Iglesia. Y si me echaran, volvería enseguida, descalzo, en mangas de camisa y con la cuerda en el cuello, penitente; es decir, cumpliendo las condiciones que se me impusiesen, fueran las que fueran.»

Cuando tantas personas han dejado la Iglesia o ni siquiera se han comprometido con ella, estos textos de Bernanos nos interpelan con premura: ¿Qué pensabais que era la Iglesia? ¿Acaso buscáis en ella la seguridad de vuestra situación social? ¿Una plataforma para luchar contra otros? ¿Esperáis de ella, tal vez, el paraíso terrenal? Aunque la Iglesia hace una gran labor social, su valor fundamental es la presencia de Cristo Salvador en su seno. Aquí radica la fe.

Vuestro,

† Joan Planellas y Barnosell
Arzobispo metropolitano de Tarragona y primado

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