Estimados:

El próximo miércoles comienza el tiempo de cuaresma. Siendo día laborable, pasará desapercibido para muchos. Conviene, sin embargo, que el mismo miércoles o el domingo que viene tengamos en cuenta la invitación de la Iglesia a entrar en este tiempo fuerte de conversión, con vistas a celebrar la Pascua.

La Cuaresma no se ha mistificado como otras celebraciones cristianas. Es natural, ya que se trata de un tiempo de conversión que pide austeridad y penitencia, y todos huimos de ello instintivamente. Pero, con la fuerte bajada de las prácticas religiosas, la Cuaresma ha quedado duramente afectada en las costumbres tradicionales que creaban un ambiente propicio. Y no podemos repartir culpas. Nadie nos ha quitado la Cuaresma. Más bien somos nosotros, los cristianos, quienes hemos debilitado el esfuerzo de conversión. Debemos ser nosotros, pues, quienes recuperemos el temple de espíritu y el interés por la persona de Jesús. Solo por este camino veremos clara la necesidad de conversión y purificación.

El papa Francisco, en el mensaje cuaresmal de este año, nos invita a vivir nuestra adhesión al Evangelio con aquella petición de conversión y reconciliación que San Pablo dirige a los cristianos de Corinto: «Os lo pedimos en nombre de Cristo: ¡dejaos reconciliar con Dios!» (2 Co 5,20). La Cuaresma es el tiempo propicio para reconciliarnos con Dios que, en el fondo, significa reconciliarnos con nosotros mismos. Se trata de una experiencia de misericordia en nuestra propia vida. Esta experiencia, afirma el Papa, «solo es posible a través de un «cara a cara» con el Señor crucificado y resucitado, «que me amó y se entregó por mí» (Gál 2,20). Un diálogo de corazón a corazón, de amigo a amigo. Por este motivo, la oración es tan importante en el tiempo cuaresmal. Más que un deber, satisface la necesidad de corresponder al amor de Dios, que siempre nos precede y nos sostiene.»

Jesús muerto y resucitado, centro de las celebraciones pascuales, revela el valor de la persona humana y la estima que le profesa. La escucha de la Palabra de Dios, que intensificaremos durante la Cuaresma, no puede dejarnos indiferentes ante los pobres, a los que Dios acoge con preferencia. De ahí que, en el mensaje mencionado, el Papa recuerda «a los hombres y mujeres de buena voluntad el deber de compartir sus bienes con los más necesitados por medio de la limosna como forma de participación personal en la construcción de un mundo más justo».

Finalmente, la otra práctica propia de la Cuaresma es el ayuno. Cuando Jesús reclama que ayunemos o nos abstengamos de algo sin que se note o sin que lo sepa la gente (Mt 6,16-18), nos está proponiendo hacer de nuestro ayuno y de nuestras abstinencias un trabajo interior, un ejercicio de autocontrol.

Estimados, empecemos este camino de conversión, avancemos hacia la Pascua, hacia la auténtica santidad.

Vuestro,

† Joan Planellas i Barnosell
Arzobispo metropolitano de Tarragona y primado

 

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