Vamos a vivir una Semana Santa muy especial, a «puerta cerrada», pendientes de las celebraciones telemáticas y con la desolación de nuestras queridas Asociaciones que, este año, no podrán sacar sus «pasos» y lucir sus imágenes. Pero este año viviremos una «pasión real»: la de los enfermos y los muertos, la de la inquietud interior y el sufrimiento de familiares, sanitarios, intendentes, voluntarios y hombres y mujeres de buena voluntad. En este marco real y punzante, y de una forma paradójica, revivamos el ápice o la culminación de la misericordia de Dios.

La primera carta de san Juan afirma dos veces que «Dios es Amor» (1Jn 4,8.16). Su tema principal es que en el Hijo de Dios, que ha asumido nuestra carne y se nos ha dado plenamente, el amor de Dios se ha manifestado, se ha hecho visible. Para el autor de la carta, la frase «Dios es Amor» no es tanto una definición abstracta como la síntesis de esta manifestación visible e histórica del Amor divino en nuestro mundo. En eso consiste el verdadero amor de Dios: en la encarnación y en la Pascua de Jesús. El amor de Dios a los hombres se ha revelado ante todo en la cruz y en la resurrección de Jesucristo. Es el ápice o culminación de la Misericordia de Dios, que, alegres y llenos de fe, celebramos por Semana Santa.

Vistas las cosas solo desde la tierra, quien entrega a Jesús son los sacerdotes, Judas o Pilato, pero si las miramos teológicamente, como desde Dios mismo, es el mismo Dios, el Padre, el que entrega a Jesús a la muerte; o bien es el mismo Jesús el que se entrega en obediencia al Padre. Dios Padre, para hacer evidente que nos ama como hijos y que nos ama como a su propio Hijo, nos entrega lo mejor que puede darnos, su propio Hijo, y nos lo entrega hasta el extremo de la cruz. Por eso, san Pablo afirma en un texto capital: «Después de esto, ¿qué diremos? Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros? El que no se reservó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará todo con él?» (Rom 8, 31-32). Dios Padre no nos podía dar más: esta es la máxima prueba de Amor y de Misericordia de Dios. Y el texto anterior de San Pablo podría considerarse el comentario teológico del Viernes Santo, de la muerte en cruz de Jesús.

Desde los orígenes del cristianismo, el hecho de que Jesús muriera en la cruz fue causa de escándalo y se buscaron interpretaciones atenuantes. Casi todas las primitivas herejías trinitarias y cristológicas fueron intentos de explicar la realidad de Jesús sin tener que admitir su pasión y su muerte, diciendo que la humanidad de Jesús era una apariencia o, contrariamente, que Jesús no era realmente Dios. Pero, a pesar de todo, la conciencia cristiana vio en el misterioso acontecimiento de la cruz el momento de la máxima revelación del Dios cristiano. La verdadera tradición cristiana, fiel al Nuevo Testamento, irá rechazando toda afirmación atenuante y, al final, dirá sin temor: «uno de la Trinidad ha sufrido en carne humana [unus de Trinitate passus est in carne]» (Juan II, papa; año 534).

La singularidad del Dios cristiano radica en que su «fuerza» no se manifiesta como poder dominante, sino dándose totalmente, como Amor fiel que se entrega libremente a su criatura. Al Dios cristiano, le interesa más mostrarse como Amor que como poder: mejor dicho, le interesa sobre todo mostrar el poder de su Amor. Esta es «la mística de Dios», como afirma en un poema el poeta David Jou: «Hundirse más abajo, por Amor, de lo que nunca nos atreveríamos a bajar» (La mística dels dies [La mística de los días], 2015, pág.42).

Que la celebración de la Semana Santa, en la que este año «abundaran en nosotros los sufrimientos de Cristo» (2 Co 1,5), en medio del dolor y en el confinamiento de nuestros hogares, nos haga reconocer y celebrar verdaderamente este ápice de la Misericordia de Dios.

 

† Joan Planellas i Barnosell
Arzobispo metropolitano de Tarragona y primado

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