Muy estimados sacerdotes que, en representación de todos, hoy me acompañéis presencialmente en esta celebración. Muy queridos sacerdotes, religiosos y religiosas, laicos y laicas de la archidiócesis, así como también todos los que estáis confinados en casa, especialmente los enfermos, y que seguís la celebración por el canal web del Arzobispado o por las redes sociales.

Celebro hoy esta misa del santo Crisma con unos sentimientos contrastados. Por un lado, siento la alegría de celebrarla por primera vez como obispo de esta querida archidiócesis de Tarragona. Pero, por otra parte, tengo la inquietud de pensar en todos los enfermos y enfermas de la pandemia casi universal que nos ha sobrevenido, siento la desazón y la angustia por todos los que han muerto, siento la desazón de deber celebrar la Misa del santo Crisma a puerta cerrada, sin la presencia física de la mayoría de los sacerdotes de la diócesis, sin los consagrados y consagradas, sin el Pueblo santo de Dios. Al menos, me consuela sentir de corazón la presencia espiritual de todos vosotros, una presencia espiritual fortalecida gracias a los medios telemáticos, para que, todos los que tengáis la oportunidad, la podáis seguir a través de las redes sociales y por la misma web del Arzobispado. Agradezco de corazón a todos aquellos que lo han hecho posible.

La Semana Santa de este año, marcada por la pandemia del coronavirus, se sitúa también en el marco del vigésimo quinto aniversario del Concilio Provincial Tarraconense de 1995. En esta Misa del Santo Crisma, pedimos especialmente al Señor, hacerle una adecuada recepción en el marco de nuestras Iglesias, en fidelidad a su espíritu ya sus enseñanzas, que no son otros que los del Evangelio genuino del Señor. En esta línea, publiqué a inicios de la Cuaresma mi primera Exhortación Pastoral. Se trata de cuestiones, todas ellas que deberemos recuperar, con la ayuda de la Providencia de Dios, cuando haya pasado la pandemia que nos ha sobrevenido.

Las lecturas de la palabra de Dios que hemos escuchado, Salmo incluido, nos hablan de los «ungidos»: Por un lado, del «siervo de Yahvé» proclamado por el profeta Isaías en la primera lectura: «El Espíritu del Señor, Dios, está sobre mí, | porque el Señor me ha ungido. Me ha enviado para dar la buena noticia a los pobres, para curar los corazones desgarrados». En segundo lugar, en el Salmo, se nos hablaba de David, el ungido del Señor: «Encontré a David, mi siervo, y lo he ungido con óleo sagrado; para que mi mano esté siempre con él». Y, finalmente, después de escuchar el fragmento del libro del Apocalipsis que nos indicaba como Jesucristo es el Alfa y la Omega, el principio y el fin de todas las cosas, hemos visto como el Evangelio de San Lucas atribuía aplicado a Jesús el pasaje de Isaías proclamado en la primera lectura: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado a evangelizar a los pobres, a proclamar a los cautivos la libertad, y a los ciegos, la vista; a poner en libertad a los oprimidos; proclamar el año de gracia del Señor».

Tened en cuenta como los tres pasajes descritos ―la primera lectura, el Salmo y el Evangelio― tienen en común que la unción que reciben es para ungir el Pueblo santo de Dios al que sirven; su unción es para los demás y, de una manera especial, para los pobres, para los cautivos, para los oprimidos. Y, si del Salmo 88, que era el que hemos rezado y cantado en la misa de hoy, pasamos al Salmo 133, podremos apreciar la hermosa imagen de este «ser para los demás» con la imagen del perfume «Es ungüento precioso en la cabeza, que va bajando por la barba, que baja por la barba de Aarón, hasta la franja de su ornamento» (Sal 133,2). La imagen del perfume que se extiende y que impregna hasta la orla del vestido del sumo sacerdote, convierte la imagen de la unción sacerdotal que, a través del ungido, llega a todos los rincones del Pueblo de Dios, simbolizado en el pasaje por las vestiduras sagradas.

La imagen de la unción con el perfume que se derrama y se esparce por los vestidos, significa que el sacerdote celebra cargando sobre sus hombros el pueblo que se le ha confiado y llevando sus nombres grabados en el corazón. Cuando celebramos la Eucaristía y nos revestimos con nuestra humilde casulla, esta nos debe hacer sentir que llevamos a nuestras espaldas las preocupaciones y las esperanzas del Pueblo santo de Dios que se nos ha confiado. Y hoy, sentimos las preocupaciones y las esperanzas, los llantos y las angustias de nuestros enfermos y de todos los que han sufrido la pérdida de algún ser querido por culpa de la pandemia que estamos sufriendo durante todo este tiempo.

Tened en cuenta también como la unción, el perfume que se esparce por las vestiduras no es meramente para perfumar la persona del sumo sacerdote, sino que se derrama para que llegue a los demás, a todo el Pueblo de Dios, y, especialmente, a las «periferias». Nos lo ha dicho claramente Jesús en el Evangelio de hoy: «El Espíritu del Señor… me ha ungido. Me ha enviado a evangelizar a los pobres, a proclamar a los cautivos la libertad, y a los ciegos, la vista; a poner en libertad a los oprimidos; proclamar el año de gracia del Señor». Queda claro que la unción no es para perfumarnos a nosotros mismos, ni mucho menos para que guardemos el perfume en una jarra, porque entonces el aceite se nos volvería rancio y, probablemente, amargo el propio corazón.

Al buen sacerdote se le reconoce inmediatamente por la forma como se encuentra ungido su pueblo. Esta es una prueba clara. Al buen sacerdote se le reconoce cuando su comunidad se encuentra ungida por la vivencia de la fraternidad cristiana. Es lo que afirmaba en la Exhortación pastoral del pasado 1 de marzo: «Cuando uno se da cuenta que el otro trabaja, se desvive, reza, perdona, ayuda, conforta, consola, acompaña… es en este contexto donde se hace posible ese espacio interior donde la persona de una manera libre y responsable, va abriendo su corazón a la presencia del misterio de Dios» (cap. 9). Cuando nuestra gente se encuentra ungida con el aceite de la fraternidad eso se nota: sale de misa con cara de haber recibido una buena noticia. Nuestra gente agradece el Evangelio predicado con unción, agradece cuando el Evangelio que predicamos llega a la vida de cada día, cuando el perfume se esparce hasta los confines de la realidad, cuando ―como afirma el Papa Francesc― ilumina las situaciones límite, es decir aquellas «periferias» donde el pueblo fiel se encuentra más expuesto a la invasión de aquellos que quieren saquear su fe.

Estos días, todos lo experimentamos en nuestras relaciones, ni que sean telemáticas, con nuestra gente. Estos días, queridos sacerdotes, la gente nos agradece nuestra unción, nos agradece nuestra proximidad, nos agradece que nuestra unción llegue hasta el extremo de nuestras vestiduras, porque vuelve convertida en súplica de nuestro pueblo. Experimentamos, pues, nuestra unción, experimentamos su poder y su eficacia con nuestra gente: en las «periferias» donde hay sufrimiento, donde hay dolor, donde hay enfermedad y muerte, donde está la ceguera que desea ver, donde están los cautivos de tantos malos patrones, donde hay también el deseo y la esperanza de una vida noble y entregada a manos llenas.

Sabedlo, queridos sacerdotes. El sacerdote que no experimenta su unción, se pierde lo mejor de nuestro Pueblo, se pierde lo que es capaz de activar lo más profundo de un corazón de pastor. El que unge poco, en lugar de mediador acaba siendo un gestor, un funcionario. Y todos conocemos o hemos experimentado la diferencia: el funcionario ya tiene su paga, dado que no ha puesto en juego la propia piel y el propio corazón, pero tampoco recibirá un agradecimiento afectuoso que sale del corazón. De aquí proviene, precisamente, la insatisfacción o el desencanto de algunos, que acaban siendo sacerdotes tristes o, mejor dicho, tristes sacerdotes. Como afirmaba el papa Francisco en una de sus misas del Crisma (2/04/2015), recordando lo que había afirmado en la Exhortación apostólica Evangelii gaudium, se necesitan más pastores «con olor de Evangelio» y menos con «cara de vinagre». Necesitamos de una Iglesia que «involucre» más en los problemas del mundo. Tened en cuenta como:

El Señor se involucra e involucra a los suyos, poniéndose de rodillas ante los demás para lavarlos. Pero luego dice a los discípulos: «Seréis felices si hacéis esto» (Jn 13,17). La comunidad evangelizadora se mete con obras y gestos en la vida cotidiana de los demás, achica distancias, se abaja hasta la humillación si es necesario, y asume la vida humana, tocando la carne sufriente de Cristo en el pueblo. Los evangelizadores tienen así «olor a oveja» y éstas escuchan su voz. Luego, la comunidad evangelizadora se dispone a «acompañar». Acompaña a la humanidad en todos sus procesos, por más duros y prolongados que sean. Sabe de esperas largas y de aguante apostólico. La evangelización tiene mucho de paciencia, y evita maltratar límites. Fiel al don del Señor, también sabe «fructificar» (Evangelii gaudium, núm. 24).

Estimados sacerdotes. Estimados todos. Ahora bendeciremos y consagraremos los santos óleos, aunque deberemos esperar a renovar las promesas sacerdotales cuando ―si a Dios le place― haya pasado este confinamiento y nos podemos encontrar todos presencialmente en un encuentro sacerdotal, dando gracias al Señor. Felicitamos de corazón a quienes este año celebráis las bodas de oro sacerdotales: Mn. Francesc Esteso Cuenca y el P. Ramon Olomí Batlle, claretiano. Señalamos que ambos fueron miembros del Concilio Provincial Tarraconense de 1995: Mn. Francesc en representación del Consejo Presbiteral, y el P. Ramón al ser elegido por los superiores mayores religiosos. También, desde la última misa crismal han muerto cinco sacerdotes diocesanos, que en esta misa de hoy los podemos encomendar especialmente a la misericordia de Dios: Mn. Jordi Barenys Capellades nos dejó el 14 de agosto; Mn. Ramon Martí Olesti, el 8 de septiembre; Mn. Jaume Roig Roig, el 26 de noviembre; Mn. Enric Alberich Ferrando, el 16 de febrero; y Mn. Joan Aragonès Llebaria, el pasado 17 de marzo. Cabe decir que tres de ellos también fueron miembros del Concilio Tarraconense: Mn. Jordi, por ser Rector del Seminario; Mn. Jaume, por la Comisión de Liturgia; y Mn. Joan por ser Vicario general. En cuanto a Mn. Joan Aragonés, dado que murió habiéndose ya decretado el estado de alarma, cuando termine el confinamiento esperamos poder celebrar una eucaristía aquí en la catedral orando por él y, al mismo tiempo, dando gracias por el ingente trabajo que realizó en nuestra querida archidiócesis.

Y ahora, mientras tanto, que esta celebración de hoy sea para todos nosotros una manifestación de nuestra comunión y de nuestro anhelo de reavivar el don de nuestra unción, que no es otro que la donación total a Dios y a su pueblo para toda nuestra vida.

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