Muy estimados todos en el Señor. Estimados todos los que siga esta retransmisión del domingo de Ramos desde la capilla del Santísimo de la catedral tarraconense mediante la televisión TAC 12, o bien, por el canal web del arzobispado o de las mismas redes sociales. Estimados enfermos, tanto los que estáis en las residencias, hospitales o confinados en casa.

Hoy, Domingo de Ramos, tenemos sentimientos bien contrastados, como contrastada es también la misma liturgia de este día. Un día tradicional de fiesta y de alegría, especialmente para los niños, que debemos vivir hoy a puerta cerrada, confinados en casa, con el estremecimiento del corazón al saber de las cifras de enfermos y muertes a causa de la cruel pandemia, que hace que la Semana Santa de este año se convierta en la Semana Santa más real que nunca ninguno de nosotros hayamos podido vivir. Estos sentimientos contrastados ante la realidad que vivimos nos los hace patentes también la misma liturgia de hoy, haciéndonos saber el entusiasmo pasajero de aquellas multitudes que aclamaron a Jesús en aquella mañana del domingo cuando, al cabo de cuatro días, el viernes, lo rechazarán y pedirán su crucifixión y su muerte.

La liturgia de Ramos y lo que vivimos estos días nos hace patente como la vida de las personas, la vida de los hombres y mujeres en este mundo, es una alternancia de triunfos y de fracasos, de sonrisas y de lágrimas, de momentos dulces y de momentos de oscuridad. Vivir la Semana Santa como este año la vivimos es una buena ocasión para repasar nuestra propia vida y la misma vida de las personas que nos rodean, con la firme esperanza de que el viernes de dolor le sucederá la alegría del domingo de la Resurrección. Es necesario que volvamos a convencernos de que la luz triunfará sobre las tinieblas, y que nuestra alegría pascual superará definitivamente todos los signos de muerte que especialmente estamos viviendo estos días.

Como acabamos de escuchar, la lectura que da más relieve a la liturgia de la palabra de este domingo de Ramos es, precisamente, y paradójicamente, el relato de la pasión de Jesús, este año siguiendo el Evangelio de San Mateo.

El Evangelista San Mateo elaboró una narración en la que, como hemos podido escuchar, sobresalen cuatro detalles que son exclusivos de su relato: la muerte de Judas, del gesto de Pilato de lavarse las manos, la preocupación de la mujer de Pilato sobre la inocencia de Jesús, y la presencia de los soldados haciendo guardia ante la tumba del Señor que ha sido sepultado.

No deja de ser curioso que el Evangelio de Mateo comience su Evangelio con el rey Herodes y los grandes sacerdotes y escribas buscando la muerte de Jesús niño; y la acabe presentando a Pilato, el emperador romano, y los sacerdotes y escribas contribuyendo juntos a la muerte de Jesús adulto. Al mismo tiempo, tanto al inicio, como al final, Jesús siempre es presentado como el rey de los judíos.

Además, en la narración de San Mateo sobre la infancia de Jesús hay cinco escenas que protagonizan algunos amigos y algunos enemigos de Jesús. Los amigos son María, José y los Magos; y los enemigos, Herodes, y los escribas y fariseos. Si pasamos al relato de la pasión se repite el mismo esquema: los amigos son José de Arimatea, María Magdalena, y las mujeres y algunos discípulos; y los enemigos, los grandes sacerdotes y los guardias. De hecho, en la historia de la humanidad, y hoy mismo, la figura de Jesús ha sido y es permanentemente controvertida, seguida o perseguida; admirada o marginada, por unos o por otros.

Según el Evangelio de Mateo, los discípulos habían profesado que Jesús era el Hijo de Dios ―de hecho, ateniéndonos al pasaje de la confesión de fe de Pedro, es el Evangelio que más lo explicita. Por ello, su huida en el momento de la pasión es aún más escandalosa, pero así es la fragilidad humana. Pedro, sobre todo, que había sido rescatado por Jesús cuando se hundía en el mar, y que había manifestado que Jesús era el Mesías, le niega repetidamente.

También resulta interesante ver cómo, al principio del Evangelio, para Mateu eran unos personajes paganos, los magos venidos de Oriente, quienes contrastaban con la hostilidad de los judíos; y en el relato de la pasión es una mujer pagana, la esposa de Pilato, la que más defiende Jesús.

Como vemos, por tanto, una lectura atenta y pausada del relato de la pasión según el Evangelio de Mateo nos hace descubrir numerosos detalles que ofrecen amplios horizontes sobre el comportamiento humano, y con los que nos podemos identificar, para bien o para mal, todos y cada uno de nosotros. El relato de la pasión de Jesús es una historia de amores y desamores; una historia donde, magistralmente, se describen las actitudes y los comportamientos humanos, pero con un trasfondo sublime: la muerte de Jesús en la cruz como la mejor expresión de un amor total llevado hasta el final de la vida. Esto es, sin duda, lo más imitable: este es el ápice o el momento más sublime del amor y de la misericordia de Dios hacia nosotros, como afirmo en la Carta Dominical de hoy.

Siguiendo sustancialmente a San Ignacio de Loyola, maestro en el seguimiento generoso de Jesucristo con un amor personal, después de escuchar la historia de la pasión, es provechoso, en estos momentos, que nos hacemos aquellas tres preguntas clásicas que él se hizo, ante la cruz: ¿Qué ha hecho para mí Jesucristo? Y yo, por él, ¿qué he hecho? ¿Qué debería hacer de ahora en adelante?

Para la primera pregunta ―¿qué ha hecho por mí Jesucristo?―, no olvidemos las palabras del apóstol San Pablo de la segunda lectura de hoy: Jesucristo no fue celoso de su igualdad con Dios, sino que tomó la condición de esclavo, se hizo como un hombre cualquiera e, incluso, aceptó morir y morir en una cruz.

En cuanto a la segunda pregunta―y yo, por él, ¿qué he hecho?―, ¿no os sentís poco o muy representados, o denunciados, por las contradicciones de Pedro? Primero lo vence el orgullo: «Aunque todos se desengañen de vos, yo nunca», dice a Jesús en la Última Cena. Y, poco más tarde, en el momento de la pasión, es vencido por la cobardía: «No sé qué quieres decir», le dice a la llamada del gran sacerdote, negando tres veces que él fuera discípulo de Jesús. ¿No es ésta, en parte, nuestra propia historia? ¿No son éstas, en gran parte, las contradicciones de nuestra propia vida?

Y, ahora, vamos finalmente, a la tercera pregunta: ¿Qué debería hacer yo de ahora en adelante? Para responder adecuadamente, no olvidemos la feliz capacidad de llorar amargamente que salva Pedro. Es esto, más que el grado de traición, lo que le hace radicalmente diferente de Judas. Llorar en orden a cambiar. Lloró amargamente en vista a cambiar. Y, en este punto, no hagamos de la emoción un subterfugio. A la hora de preguntarnos qué debemos hacer, recordemos las palabras que, nuestro Maestro Jesús, había dicho poco antes en la parábola del juicio final, que precisamente nos reporta el mismo Evangelio de San Mateo: «En verdad os digo que cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis» (Mt 25,40).

Descargar documento

Start typing and press Enter to search

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies

ACEPTAR

Aviso de cookies