Estimados:

En la liturgia del Viernes Santo hemos revivido la escena del Evangelio en que Poncio Pilato presenta a Jesús, flagelado y coronado de espinas, a la multitud morbosamente azuzada por los grandes del pueblo: «He aquí el hombre [Ecce homo]». Poco imaginaba Pilato estar proclamando la verdad más vital para la humanidad. San Juan Pablo II, en su libro Cruzando el umbral de la esperanza (1994), declara que Cristo ha dado en la verdad íntima del hombre, sobre todo con su cruz y su resurrección. Porque Cristo nos dice que para encontrar la vida, hay que perderla; para nacer, hay que morir; para salvarse, hay que tomar la cruz. «Esta es la verdad esencial del Evangelio ―afirma el santo papa―, que siempre y en todas partes tropezará con la protesta del hombre».

De ahí que la evangelización nunca ha sido cosa fácil. Nosotros la experimentamos como un reto diario. El Evangelio se convierte en un desafío a la debilidad humana. Y, justamente en este desafío, encuentra el hombre su fuerza. Porque sólo superándose a sí mismo, llega a ser plenamente hombre.

En medio de la grave crisis sanitaria que vivimos, a pesar de la multitud de enfermos y fallecidos a consecuencia del virus, discernimos en la humanidad una necesidad dolorosa y, en cierto sentido, profética, de esperanza, como necesario es el aliento a la vida. Sin esperanza no se puede vivir. La actividad del hombre está más condicionada por la espera del futuro que por la posesión del presente. El hombre tiene necesidad de aspirar a una meta, de recibir muestras de apoyo, de catar un anticipo de la alegría futura. El entusiasmo, que lleva a la acción y asume el riesgo, no puede surgir sino de una esperanza fuerte y serena. El hombre necesita un optimismo sincero, no ilusorio.

Pues bien, hoy, día de Pascua, podemos dirigiros un mensaje de esperanza. La causa del hombre ―a pesar del sufrimiento, a pesar de la cruz y la muerte― no está perdida, sino que está en franca ventaja. Ni el egoísmo, ni la prepotencia, ni las pandemias, ni la indigencia, ni la licencia de las costumbres, ni la ignorancia, ni las múltiples deficiencias que aún aquejan a la sociedad contemporánea, impedirán instaurar un verdadero orden humano, un bien común, una civilización nueva.

Ciertamente, no podemos abolir la debilidad humana, ni la pérdida de valor de los objetivos conseguidos, ni el dolor, ni el sacrificio, ni la muerte. Pero cualquier miseria humana podrá recibir ayuda y consuelo. Más aún, podrá conocer el valor que el secreto de los cristianos otorga a la decadencia humana. La esperanza no se apagará, precisamente, en virtud de este secreto. Ya lo entendéis: este secreto ¡es el anuncio Pascual!

Nuestra fe nos dice: ¡Jesús ha resucitado! No es un sueño, no es una utopía, no es un mito: es una realidad evangélica. Y sobre esta realidad, nosotros, los creyentes, basamos nuestra fuerza, nuestra esperanza y nuestra concepción de la vida y de la historia. ¡Cristo ha resucitado! ¡Aleluya!

Desde la perspectiva de la muerte y resurrección de Cristo, tan humana y al mismo tiempo tan divina, os animo a retomar cada día la aventura de la fe en medio de las contrariedades y las tormentas de nuestro mundo. ¡Santa Pascua!

† Joan Planellas i Barnosell
Arzobispo metropolitano de Tarragona y primado

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