Estimados:

En nuestro vocabulario cristiano hay palabras o expresiones que oigo desde muy joven: «hacer comunidad», «compartir», «libertad», «hacer una opción», «hacer comunión», «corresponsabilidad», etc. Me centraré en dos de ellas: «compartir» y «libertad».

Hace años que nos llenamos la boca de «compartir». Todo el mundo habla de compartir: los políticos, los sociólogos, los maestros, los sacerdotes… No nos cansamos de repetir que «hay que compartir». Es posible que no nos demos cuenta del compromiso que conlleva, dado que a veces, lo decimos banalmente. El mistral o la tramontana se nos pueden llevar las palabras, pero sé que hay mucho bueno y que se encuentran muchas sorpresas. En estos días de pandemia, lo hemos comprobado. Con las palabras pasa como con las semillas: el viento se lleva muchas, pero también hace brotar una flor donde menos lo esperas.

La otra palabra echada a los cuatro vientos es «libertad». La cantamos, la decimos y la esgrimimos. ¿Libertad para hacer lo que me dé la gana? ¡Cuidado! Puede que algún vecino no esté de acuerdo con lo que me dé la gana o quizás sea yo quien no esté de acuerdo con lo que le dé la gana al vecino o a la vecina, pero sí tenemos que luchar para ser libres de trabas egoístas que nos impiden ser mejores, para edificar un mundo donde todos, estemos donde estemos, podamos ser «personas». Aquí radica la libertad.

Ante la crisis social y económica que nos trae la pandemia del coronavirus, os invito a pensar cómo armonizar la acción de «compartir» y el concepto de «libertad». Tal vez podríamos decir: «libertad para compartir». Entonces, tendré que empezar haciendo posible esta libertad en mí mismo. Habrá que destruir trabas y deshacer falsas justificaciones para salir de uno mismo. El papa San Juan Pablo II, en su encíclica La preocupación social (Sollicitudo rei socialis), publicada a finales de 1987, afirmaba: «La libertad con la que Cristo nos ha liberado (Gál 5,1) nos mueve a convertirnos en siervos de todos. De esta manera el proceso del desarrollo y de la liberación se concreta en el ejercicio de la solidaridad, es decir, del amor y del servicio al prójimo, particularmente a los más pobres. Porque donde faltan la verdad y el amor, el proceso de liberación lleva a la muerte de una libertad que habrá perdido todo fundamento» (núm. 46).

El «informe de crisis» de Cáritas Cataluña, con motivo de la pandemia, indica que su efecto social producirá una situación de pobreza y exclusión que superará con creces el 20% de la población. Como afirmaba hace poco la Dra. Margarita Bofarull ―miembro de la Pontificia Academia para la Vida―, el individualismo, tan arraigado en nuestra sociedad, «ha tenido que rendirse a la evidencia de que la vida es un bien comunitario, que no podemos repensar solos, que todos somos responsables de la vida de todos». Preguntad a los médicos que, fieles a su profesión y siguiendo criterios éticos, han tenido que tomar decisiones muy complejas sobre la vida de determinados enfermos.

En estos días, cualquier voz solidaria debería convertirse en un estímulo para nosotros. Esta voz no debería parar hasta haber removido todas las conciencias. Porque «compartir» no es sólo algo deseable, sino que es de justicia. Se trata de una voz que debería liberarnos de nuestros egoísmos.

La doctrina social de la Iglesia señala las necesidades y encauza nuestra libertad de compartir. El índice de humanismo de un pueblo lo da el número de ciudadanos que dedican horas y energías a servicios sociales gratuitos. Por ello, hago un llamamiento a los jóvenes generosos para que se hagan voluntarios de Cáritas, de Sant’Egidio, de la Fundación Bonanit de Tarragona o de cualquier otra institución dedicada al servicio social. No tengáis ninguna duda: armonizareis adecuadamente la acción de «compartir» y el concepto de «libertad». Y tened presente que, digan lo que digan, la Iglesia, a pesar de sus defectos y miserias, mide así el humanismo.

Vuestro,

† Joan Planellas i Barnosell
Arzobispo metropolitano de Tarragona y primado

 

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