Estimados y estimadas:

En el atardecer de estos días, hemos aplaudido y agradecido el trabajo de médicos y personal sanitario, entregados a luchar contra la pandemia con una profesionalidad encomiable. En este contexto, me ha parecido oportuno hacer presente el testimonio de dos médicos catalanes, ambos declarados beatos por la Iglesia, que en circunstancias muy diversas, supieron dar y darse a manos llenas. Ambos vivieron su fe cristiana de una manera radical en medio de una profesionalidad entregada a su tarea. Que ellos sean luz para los que vivimos este tiempo, sobre todo para los médicos y sanitarios cristianos, y para otros profesionales que también valoran el humanismo cristiano.

El primero es el Dr. Pere Tarrés (1905-1950). Nacido en Manresa, pero trasladado a Barcelona a los dieciséis años, estudió medicina. En los años treinta se integró en la Federación de Jóvenes Cristianos de Cataluña (FEJOC) y llegó a ser uno de sus líderes, ocupando importantes responsabilidades a nivel nacional. Terminada la Guerra Civil, se preparó para el sacerdocio, y fue ordenado en 1942. Había ejercido su profesión médica durante once años en el barrio de Gracia. Con un amigo puso en marcha, en las Corts, el Sanatorio «Virgen de la Merced» para enfermos, sobre todo necesitados, de tuberculosis, enfermedad muy común después de la Guerra Civil. El beato Tarrés había hecho de la medicina un sacerdocio. Así lo escribía a su hermana: «La cama es un altar y el enfermo es Jesucristo, y el médico es el sacerdote que presenta la víctima a Dios». Practicaba la caridad con los enfermos como el sacerdote debe practicarla en su ministerio pastoral. Sin paternalismos ni sentimentalismos exagerados, con una donación plena de su tiempo y de su vida: «El médico ―decía― debe triunfar por dos virtudes: la de su ciencia y la de su caridad». Predicaba que hay que aprovechar la vida y darle un sentido cristiano. Cuando visitaba un hogar pobre, no cobraba honorarios y, más de una vez, había dejado bajo la almohada el dinero para pagar el medicamento. Fue beatificado el 5 de septiembre de 2004 en Loreto (Ancona―Italia).

El otro médico del cual quiero hablar es el Dr. Marià Mullerat (1897-1936), médico y alcalde de Arbeca, beatificado en Tarragona el 23 de marzo del año pasado. Fue fusilado por odio a la fe el 13 de agosto de 1936. Al día siguiente de su beatificación, el Papa Francisco —en el rezo del Ángelus— pedía su intercesión «para que nos ayude a recorrer los caminos del amor y la fraternidad, a pesar de las dificultades y las tribulaciones». Con un estilo de vida abiertamente evangélico, fue considerado una persona pública que actuaba de acuerdo con su fe católica. Por ello fue capturado y asesinado en la persecución religiosa del inicio de la Guerra Civil. Mullerat es recordado por hazañas como curar a uno de sus verdugos o extender una receta para el hijo de uno de sus acusadores. Padre de familia, alcalde y médico, «asumió la curación de los sufrimientos físicos y morales de sus hermanos, testimoniando con su vida el primado de la caridad y del perdón», afirmó el Card. Angelo Becciu el día de la beatificación en la Catedral de Tarragona.

He aquí dos profesionales extremadamente competentes. Amantes de la medicina, fueron hombres con vocación de médico. De hecho, en el fondo de sus corazones y con sus propias obras, se habían convertido también en médicos del espíritu.

† Joan Planellas i Barnosell
Arzobispo metropolitàno de Tarragona y primado

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