Estimados y estimadas:

La Iglesia dedica este domingo a contemplar y celebrar el misterio central de nuestra fe: la Santísima Trinidad, un misterio que podemos entrever porque se ha manifestado hacia nosotros como «misterio de Amor» en mayúscula: el de Dios Padre que nos ha dado su Hijo único (cf. Jn 3,16) y que, por medio del Espíritu, ha derramado este Amor en nuestros corazones (cf. Rom 5,5). Dado que la liturgia nos invita hoy a «contemplar» este misterio, oramos por las comunidades y las personas consagradas de vida contemplativa. Ellos y ellas, contemplando el misterio de Dios, rezan constantemente por nosotros y por toda la Iglesia.

En nuestra diócesis de Tarragona tenemos cinco comunidades, cuatro femeninas y una masculina: las monjas Cistercienses de Vallbona de les Monges, los monjes Cistercienses de Santa Maria de Poblet, las monjas Carmelitas Descalzas de Tarragona, las monjas Clarisas de Reus y las monjas Mínimas de Valls. Tenemos, además, de estas comunidades, y en relación a la vida contemplativa, también en la diócesis una forma de vida consagrada no asociada: las Hermanas de vida eremítica, repartidas en varias iglesias y eremitorios.

Agradezcamos a Dios estas formas de consagración que necesita la Iglesia. Reiteremos nuestra estima y nuestro compromiso para conocerlas mejor. Su oración y su testimonio de vida iluminan el corazón de la Iglesia, que es el Amor, en mayúscula, como hemos dicho. En este sentido, podemos releer aquella página del diario de Santa Teresa del Niño Jesús, en la que la joven —habiendo ingresado en el monasterio de las Carmelitas Descalzas de Lisieux—, con un espíritu misionero y contemplativo, explica cómo encontró su propia vocación entre la multiplicidad de dones con los que Dios adorna su Pueblo. Dice así: «Al contemplar… la Iglesia, no me había reconocido en ninguno de los miembros que San Pablo describe, o, mejor dicho, me quería ver en todos. La caridad me dio la clave de mi vocación […]. Comprendí que la Iglesia tiene un corazón, y que este corazón está ardiendo de amor. Comprendí que sólo el amor podía hacer actuar a los miembros de la Iglesia; que si el amor llegaba a apagarse, los apóstoles ya no anunciarían el Evangelio y los mártires se negarían a derramar su sangre. Vi claramente y entendí que el amor encierra en sí todas las vocaciones, que el amor lo es todo y que un mismo amor puede abarcar todos los tiempos y todos los lugares; en una palabra, entendí que el amor es eterno. Entonces, con gran alegría de mi alma exultante, exclamé: «Jesús, amor mío, al fin he encontrado mi vocación: mi vocación es el amor. Sí, he encontrado mi lugar en la Iglesia, y este lugar, Dios mío, eres tú quien me lo ha dado. En el corazón de la Iglesia, mi madre, yo seré el amor «».

En estas líneas, preciosas y vibrantes, encontramos un espejo lúcido y profundo para todos nuestros consagrados contemplativos y, en cierto modo, para todos los que celebramos y disfrutamos con ellos los frutos de esta vocación particular en el seno de la Iglesia. La vida contemplativa, aparentemente escondida, no solamente es otro don en la Iglesia, sino que representa aquello que vivifica y sostiene a todos los demás dones: y éste es el amor.

Vuestro,

† Joan Planellas i Barnosell
Arzobispo metropolitano de Tarragona y primado

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