Estimados y estimadas:

La crisis sanitaria del Covid-19 ha mostrado el sufrimiento de muchos ancianos en nuestros geriátricos. Sin ánimo de generalizar y sin menospreciar el altruismo de ciertas instituciones y fundaciones ―algunas de ellas religiosas―, constatamos que ciertas residencias han nacido como simple negocio. Se ha publicado incluso que algunas pertenecen a fondos «buitre», que cotizan en bolsa y escatiman cuanto pueden. La crisis sanitaria, cebándose en los mayores, ha supuesto que algunos murieran literalmente abandonados. Otros han muerto solos, en una cama de hospital, sin el calor de un familiar, atendidos por una máquina o, en el mejor de los casos, por un sanitario que, además de hacer bien su trabajo, practicaba las obras de misericordia.

Se había dicho que las residencias eran espacios ideales que la gente mayor elegía porque prefería una vida solucionada, la comida a punto y la cama arreglada…, pero hemos descubierto que, en muchos casos, no era así. De hecho, nuestra sociedad opulenta y del bienestar, ligada al descenso de la natalidad, a la cultura urbana y a la emancipación de las generaciones jóvenes, ha ido rompiendo el ciclo natural de la solidaridad generacional. Esta rotura ha comportado, en ocasiones, confinar a nuestros mayores en geriátricos, después de haberlos exprimido.

Se trata de un tema muy delicado. En la vida de las familias, nunca sabes con lo que te encontrarás realmente. A veces, llegan enfermedades repentinas y deviene muy difícil encontrar los caminos más adecuados. Hay personas dependientes que, generalmente, después de grandes renuncias y sufrimientos, la única alternativa viable es ingresar en una residencia. Pero, por desgracia, también hay abuelos, con buena movilidad de cuerpo y mente, que son llevados por que se considera la mejor solución, la mejor que la familia se inventa, simplemente para conseguir un mayor grado de una mal llamada «libertad». En tal ocasión, se recluye al anciano lejos de sus familiares jóvenes, sin que pueda aportar asesoramiento y consejo, fruto de la sabiduría y experiencia acumuladas con los años. Con todo, también hay abuelos que les cuesta muchísimo siquiera aconsejar y asesorar a los más jóvenes, acostumbrados a mandar, dirigir o imponer sus criterios.

Por todo ello, convendría una revisión profunda de la situación. Necesitamos recuperar el ciclo de solidaridad entre abuelos, padres e hijos, y no dejar a los mayores mal aparcados en el arcén de un geriátrico. «Una sociedad que descarta a la gente mayor no tiene futuro», nos recordaba hace poco la Comunidad de Sant’Egidio. Ya Platón, en su obra La República, afirmaba que es en la vejez cuando el ser humano desarrolla plenamente sus virtudes morales, como la prudencia y la sabiduría. Añadía Platón que los jóvenes deberían instruirse virtuosamente, lo cual incluye un profundo respeto hacia los mayores, que deberán tener en cuenta, incluso, para el gobierno de la ciudad. Sin ir más lejos, la misma organización de la Iglesia primitiva, a imitación de las comunidades judías, fue formulada alrededor de los llamados «consejos de ancianos». De ahí ha venido precisamente la palabra «presbítero», palabra que, proveniente del griego, significa «anciano».

Vuestro,

† Joan Planellas i Barnosell
Arzobispo metropolitano de Tarragona y primado

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