Estimados y estimadas:

La historia de la Iglesia nos muestra cómo la instrumentalización del cristianismo por parte de la política ha sido un hecho recurrente. Casi ninguna tendencia ha quedado excluida. Basta echar una mirada a la historia reciente, desde la dictadura a la misma reivindicación nacionalista. Además, en estos últimos años, han ido emergiendo en diversos países y con tonalidades diversas, determinados populismos políticos que han hecho ostentación de símbolos religiosos cristianos. Han sabido interpretar los intereses reales de una parte de la población que se encuentra perdida ante la globalización, la crisis económica y el liberalismo más descarado, y han presentado como identidad propia las raíces cristianas de los países de antigua evangelización, ofreciendo un falso consuelo a una sociedad secularizada, multicultural y líquida en valores y objetivos firmes y comprometidos. De una manera simplista han buscado un enemigo común, pero no lo han buscado en el propio interior, sino que lo han encontrado fuera. Y, naturalmente, quien viene de fuera es el emigrante extranjero. El populismo ha hecho surgir a flor de piel la nostalgia de un mundo antiguo y seguro, de unos espacios cerrados y homogéneos, étnica y éticamente, que, verdaderamente, existen solo en la imaginación, no han existido nunca o son reductos imaginarios de un mundo desaparecido hace siglos. La pandemia del Covid-19 ha desmentido esta visión, porque nos ha hecho caer en la cuenta de que un simple virus supera cualquier muro o frontera y que el enemigo no es el inmigrante, sino lo que puede haber en nuestro interior. En un abrir y cerrar de ojos, hemos pasado de discriminadores a discriminados, porque somos los que contagiamos enfermedades y, por tanto, se nos cierran las fronteras y nos reducen la libertad de movimiento.

Hay que indicar también que muchos dirigentes de estos movimientos políticos, a pesar de hablar de cristianismo, no tienen valores cristianos y presentan una gran contradicción en su vida personal. Algunos de ellos, incluso, no han querido mover ni mínimamente la ley del aborto y, con pocos escrúpulos morales, todos están en las antípodas de la doctrina social de la Iglesia. Pero les ha ido bien apropiarse de determinados elementos del cristianismo y emplearlos en beneficio propio.

Hay que remarcar que, en estos momentos, el antídoto contra esta instrumentalización es el Magisterio del papa Francisco. Él muestra cómo el cristianismo es sensible a la situación de los inmigrantes, a la atención a los pobres y oprimidos, a la defensa de la vida y al tema ecológico, cuestiones que demuestran que el papa no representa en absoluto aquellos populismos. En esta línea, el cardenal Jean-Claude Hollerich, arzobispo de Luxemburgo, ha dicho que el trato que Europa dispense a los inmigrantes será la piedra de toque para comprobar si sigue siendo cristiana. Durante siglos, el cristianismo ha creado escuelas y hospitales, y se ha preocupado por la educación de pequeños y jóvenes. Ha desempeñado un papel social que define su presencia en Europa. Si quiere ser coherente con su historia, no puede dejar de acoger a los inmigrantes. Ciertamente, habría que velar a nivel mundial para evitar la emigración. Pero, si la pobreza y la guerra obligan a hacerlo, una Europa que sea cristiana debe acoger. Como ha recordado el papa Francisco, el cristianismo no se fundamenta en la cultura del miedo, sino en la de la vulnerabilidad, como lo demuestra la vida de Jesucristo, que rehusó dar la última palabra al miedo. De ahí que, dirigiéndose a sus discípulos, les repita muy a menudo: «No tengáis miedo».

Vuestro,

† Joan Planellas i Barnosell
Arzobispo metropolitano de Tarragona y primado

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