Solemnidad de los santos Fructuoso, Augurio y Eulogio,

Catedral de Tarragona, 21 enero 2021

Lecturas: Daniel 3,14-20.91-92.95; Salmo 33,2-3.4-5.6-7.8-9; Hebreos 10,32-36; Juan 17,11b-19

Muy querido pueblo santo de Dios. Muy estimado señor Cardenal, señor Arzobispo, muy estimados señores obispos. Muy estimados vicarios generales y episcopales de las diversas Iglesias con sede en Cataluña. Muy estimados sacerdotes y diáconos. Muy estimados miembros del Concilio Tarraconense que hoy habéis podido participar en esta celebración. Muy estimados representantes de los consejos pastorales y de las delegaciones diocesanas. Muy estimados todos los que seguís esta celebración de la clausura del vigésimo quinto aniversario del Concilio Tarraconense por medio del canal web del Arzobispado de Tarragona y por las redes sociales. Seguro que sois muchos más de los que hoy estamos aquí, presencialmente, en la Catedral. Os saludo con afecto a todos y todas y os invito a seguir con alegría esta celebración, a pesar de las restricciones ocasionadas por la pandemia.

Cada 21 de enero la Iglesia de Tarragona celebra la festividad de sus santos mártires Fructuoso, obispo, y Augurio y Eulogio, diáconos. Hoy celebramos la solemnidad de los primeros mártires de nuestras Iglesias que peregrinan en Cataluña. Su historia se remonta a la mitad del siglo III y la conocemos gracias a la existencia de un documento llamado Passio Fructuosi —que en su parte central acabamos de proclamar en nuestra celebración y que esta mañana, en la misma capilla de San Fructuoso de esta Catedral, hemos proclamado solemnemente—, un texto escrito por un cristiano culto y con buena formación teológica, posiblemente clérigo. Se trata del documento literario martirial más antiguo de toda la península Ibérica. Un documento importantísimo para nuestra historia cristiana, que nos remonta al año 259 y que, incluso, tuvo un fuerte eco en la literatura cristiana de la época tardorromana: San Agustín mismo lo cita en un sermón y, por otra parte, el poeta Aurelio Prudencio le dedica un himno en una de sus obras.[1]

Y es en este día incomparable que, a través de la llama de la fe de nuestros Padres, este año, a pesar de las serias restricciones ocasionadas por la pandemia, podemos celebrar con los otros obispos y con una representación de las diversas Iglesias, el veinticinco aniversario de la celebración del Concilio Provincial Tarraconense que, tal día como hoy hace ya veintiséis años, apenas se iniciaba con una misa solemne aquí en la Catedral metropolitana y primada de Tarragona.

Entendemos que siguen siendo válidas las palabras de los obispos, predecesores nuestros, los cuales, una vez recibida de la Santa Sede la recognitio de las resoluciones conciliares, firmaron el Decreto de promulgación —de eso el próximo mes de junio hará veinticinco años—, y calificaron el Concilio Tarraconense de «don de Dios» y de «tiempo de gracia y de bendición del Padre, por Jesucristo, en el Espíritu». Así vivieron el acontecimiento conciliar las Iglesias con sede en Cataluña. Y su legado, sumamente actual a pesar del tiempo transcurrido, quisiéramos que fuera releído, recibido, interiorizado y explicitado con una adecuada recepción. Queremos que el Concilio Tarraconense se convierta en pauta de referencia en nuestro presente y futuro eclesiales. De ahí que, al terminar nuestra celebración de hoy se hará público un documento firmado por todos los obispos y que será presentado aquí mismo en la Catedral por el cardenal Juan José Omella, arzobispo metropolitano de Barcelona.

El trabajo del Concilio Provincial fue una búsqueda de signos de respuesta a la pregunta hecha al Espíritu; una pregunta bien válida y actual en nuestro hoy eclesial: «Espíritu, ¿qué dices a las Iglesias de la Tarraconense?» Este era precisamente el título de la Carta Pastoral de nuestros obispos en la Epifanía de 1994, cuando convocaban el Concilio Provincial. Nuestras Iglesias habían vivido con gran intensidad el Concilio Vaticano II y se afanaban con esperanza para aplicar sus orientaciones con intensidad renovada y con imaginación creativa, a la luz del Espíritu. El Concilio Tarraconense se propuso, como denominador común de los temas a tratar, la evangelización. Y el primer secreto para la evangelización es la conversión personal y, por este camino, la purificación y la vitalización de las instituciones y de los servicios eclesiales.

Ahora bien, ni la conversión personal ni la purificación de las instituciones y de los servicios eclesiales no tienen lugar en una cámara aséptica, esterilizada. Pensar en un Evangelio químicamente puro sería soñar. El Evangelio es para los hombres y mujeres, cada uno de los cuales vive unas circunstancias propias, tiene sus tradiciones, su talante específico y su propia manera de expresarse. Justamente esto enriquece la Buena Noticia de Jesús. Y lo que podemos decir de las personas podemos decirlo igualmente los pueblos. De ahí la intención del Concilio Tarraconense.

Unos pasajes del venerable obispo de Vic, Josep Torres i Bages, en su obra La Tradició Catalana nos pueden ayudar a situar la recepción del Concilio Tarraconense en el hoy de las Iglesias con sede en Cataluña. Fueron escritos hace ciento veinte y cinco años, pero, a pesar del estilo literario de la época, conservan plena vigencia y actualidad. El venerable Obispo escribe que la religión cristiana puede «identificar-se amb una comarca, sense que ella hagi de sacrificar cap de sos elements; ans bé quedant aquests emparats per la mateixa religió». «L’Església és regionalista perquè és eterna.» Los organismos políticos, los Estados, son fruto de los entendimientos y de los pactos de los hombres. Las naciones, en cambio, son «unitats socials naturals formades, no en congressos, ni en dietes d’homes d’Estat, sinó en els eternals consells de la Providència divina. Per això ja la difusió evangèlica es féu no tenint en compte els Estats polítics sinó les diverses gents o nacions, i predicà no als súbdits de l’imperi romà o de l’imperi persa, sinó als fills de Corint o de Roma, o de Tessalònica o d’Esmirna, o de Galàcia. La religió […] és una sobrenatural perfecció de la naturalesa i per això cerca les entitats naturals més que les polítiques, és a dir, més la regió que l’Estat, perquè és divinament naturalista».[2]

Y añade también un poco más adelante: «Les grans assemblees eclesiàstiques que anomenem Concilis, proven també aqueixa tendència […]. Reuneix rares vegades, sols per necessitats que atenyen a tot el llinatge humà, el Concili Universal; però és amiga de que sovint es reuneixin concilis provincials, més encara sínodes o concilis diocesans; reconeixent que hi ha una vida religiosa en cada territori que per si mateixa ha d’arreglar-se les coses, salva[nt] sempre l’autoritat i la primacia del successor de Pere.»[3] Hasta aquí la cita del venerable obispo.

Muy queridos y queridas. «La concreción del camino conjunto de comunión entre las diez Iglesias diocesanas con sede en Cataluña pasa por la consolidación de la unidad pastoral entre ellas, entendida y vivida con espíritu de comunión interdiocesana y de coordinación pastoral.» Esto lo afirmamos los obispos en el documento que se hará público al final de esta Eucaristía. Hoy podríamos pedir al Señor, en esta solemnidad de nuestros primeros mártires, que, fundamentados en la fe de los primeros Padres, a la luz del Concilio Provincial, la Conferencia Episcopal Tarraconense pueda avanzar en este camino de unidad pastoral. Porque sólo así las decisiones que se vayan tomando en medio de las vicisitudes e incertidumbres del momento presente, estarán verdaderamente moldeadas con la arcilla de nuestro pueblo.

El papa Francisco, en la reciente encíclica Fratelli tutti, habla de fomentar el «sentimiento de pertenencia» (n. 230). «Porque “nuestra sociedad gana cuando cada persona, cada grupo social, se siente verdaderamente de casa. En una familia, los padres, los abuelos, los hijos son de casa; ninguno está excluido. Si uno tiene una dificultad, incluso grave, aunque se la haya buscado él, los demás acuden en su ayuda, lo apoyan; su dolor es de todos. […] Las peleas de familia son reconciliaciones después”.» Y, en la misma Encíclica, el Papa habla de «el amor a la tierra, al pueblo, a los propios rasgos culturales. No me encuentro con el otro si no poseo un sustrato donde estoy firme y arraigado, porque desde allí puedo acoger el don del otro y ofrecerle algo verdadero […] el bien del universo requiere que cada uno proteja y ame su propia tierra» (n. 143). Pero, como afirmaba san Fructuoso en el momento de dar su testimonio sublime, también «necesitamos tener en el pensamiento la Iglesia católica, de oriente a occidente». De aquí que —añade el Papa—, «no es posible ser sanamente local sin una sincera y amable apertura a lo universal, sin dejarse interpelar por lo que sucede en otras partes, sin dejarse enriquecer por otras culturas o sin solidarizarse con los dramas de los demás pueblos» (n. 146).

Por todo ello, afirma el Papa, hay que acercarse, expresarse, escucharse, mirarse, tratar de comprenderse, buscar puntos de contacto … Esta es la definición del verbo «dialogar». Si no hay diálogo quiere decir que no hay preocupación por el bien común, que sólo hay imposición. En el diálogo de los diferentes siempre nace una nueva síntesis, un mestizaje (cf. n. 148). Los héroes del futuro serán quienes sepan romper esta lógica enfermiza e implantar la cultura del encuentro. El Papa exclama aquí: «Dios quiera que esos héroes se estén gestando silenciosamente en el corazón de nuestra sociedad» (n. 202). ¡Transmitamos, pues, a nuestras Iglesias, a las diversas instancias sociales y al mismo mundo de la política este espíritu! Ante la polarización del momento presente, nos esforzamos con todas las energías y con las mediaciones que sean necesarias para que se establezca la cultura del encuentro, y para que no se desnaturalice nuestra historia o se niegue ese sentimiento de pertenencia auténtico y natural que es la ley divina de todo ser vivo, como lo afirmaba también Torras i Bages en La Tradició Catalana. [4] En cambio, si se respeta y se ayuda a mantenerlo vivo, se hará la verdadera unión entre hermanos y hermanas, la única que vale la pena, porque es la única que es justa. Como afirmaba el cardenal Omella en su discurso en la Conferencia Episcopal Española, «la tarea de reducir la crispación y de promover la cultura del encuentro no solo corresponde a los medios de comunicación y a las figuras públicas [o del mundo de la política], sino también a cada uno de nosotros. Lo podemos llevar a cabo en nuestros contextos diarios, en las conversaciones, en las redes sociales, en la formación de los niños y los jóvenes, en los mensajes que ponemos en circulación a la sociedad».[5] Debemos dar continuamente oportunidades a la concordia y a la reconciliación, convirtiéndonos en artesanos de paz. Y ante la complejidad de los momentos políticos y sociales que vivimos, en el marco de una crisis económica agravada por la pandemia y en la perspectiva de unas nuevas elecciones al Parlament de Catalunya, a nivel eclesial procuremos que los fervores políticos de un lado o del otro no nos endurezca el espíritu. Porque, como también afirmaba Torres i Bages: «La religió és com l’aire, que tothom l’ha de respirar.»[6]

El Concilio Tarraconense era consciente de que no podía reducir la pastoral a un problema de simple reorganización y coordinación. Se trataba, en cambio, de reunir el pueblo santo de Dios en el Espíritu Santo, a fin de hacer de nuestras Iglesias el santuario de la presencia de Dios entre nosotros, anticipación de la Iglesia celestial, y al mismo tiempo devenir firmes en la fe y fuertes en el testimonio de Jesús, «soportasteis múltiples combates y sufrimientos», como nos decía la Carta a los Hebreos que hoy se nos ha proclamado, y «no adoráis la estatua de oro» que constantemente nos ofrece el mundo, como se indicaba en la primera lectura tomada del profeta Daniel. Por ello, necesitamos dar gracias a Dios por la experiencia eclesial que supuso el Concilio para nuestras Iglesias.

Pero el Concilio Tarraconense no fue una flor de un día; su legado no puede quedar reducido a la biblioteca o los archivos para los estudiosos. Ahora, lo que necesitamos es que todos juntos hagamos de sus documentos y resoluciones un torrente de agua que riegue la tierra, que empape nuestras Iglesias sedientas de Evangelio y pueda dar flores y frutos a lo largo de los años. De hecho, el documento que presentaremos al final de la celebración de hoy, lo hemos escrito pensando que, a partir de él, puedan brotar iniciativas concretas y estimulantes para nuestro presente eclesial. Con todo, no hay nada más cristiano que esperar. «El Señor me ha escuchado, nada me asusta», cantábamos en el Salmo de la misa de hoy. Nosotros mismos —los que hoy participamos de esta Eucaristía— somos el resultado del sueño esperanzado de Jesús, que todo lo confiaba al Padre. Y, como hemos escuchado en el Evangelio de hoy, Jesús ora por nosotros y nos confía sus palabras para que, preservándonos del Maligno y sin ser del mundo, podamos estar más encarnados en el mundo. Y mientras corremos nuestra etapa de esta carrera apasionante, a la luz del Concilio Tarraconense y con el testimonio de fe de nuestros primeros mártires, el obispo Fructuoso y sus diáconos, hoy se nos ofrece la ocasión de hacer no una nueva Iglesia, pero sí renovar a fondo la que ya tenemos y formamos, y que nos ha sido confiada. Una Iglesia acogedora, que aporta sentido y esperanza, que muestra a través de nuestro testimonio hasta dónde llega el amor de Dios.

 

[1]  San Agustín, Sermo 273: PL 38, 1247-1252; Prudencio, Peristephanon, Himno VI: PL 60, 411-424.

[2]  Josep Torras i Bages, «La Tradició Catalana», a Id. Obres completes, Barcelona: Selecta (Biblioteca Perenne, 7. Edició del Centenari) 1948, 14.

[3]  Ibid., 15.

[4]  Ibid., 29-31.

[5]  Juan José Omella, Discurso inaugural de la CXVI Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal Española (16-XI-2020), Madrid: Edice 2020, 19.

[6]  Josep Torras i Bages, Carta a Ricard Permanyer, Vic, 28 de gener de 1900.

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