Estimados y estimadas,

En el documento de los obispos de Cataluña que vamos glosando hoy ya hace siete domingos, se constata como el Concilio Tarraconense ya ponía de relieve la integración de los laicos en las estructuras de la Iglesia diocesana, y precisaba que era necesario que tuvieran «responsabilidades directivas (delegaciones, secretariados y consejos)» y que representaran a los grupos con tareas evangelizadoras como la catequesis o la caridad (resolución 134). Desde entonces, la participación de laicos y laicas en responsabilidades diocesanas, como secretarías generales y delegaciones, no ha parado de crecer. Con todo, afirmamos los obispos, «debemos preguntarnos si estos pasos son suficientes. A partir de la conciencia misionera de una Iglesia como pueblo de Dios, a pesar de mantenerse la distinción… entre sacerdocio ministerial y sacerdocio común, se debe superar la división entre “clero” y “laicado”, entre los que son institucionalmente responsables de la acción eclesial (los ministros ordenados) y quienes se limitarían a colaborar en esta acción (el resto de bautizados). La misión es responsabilidad de todos, y por tanto los itinerarios de la acción eclesial deben llevar el sello de la corresponsabilidad».

No se trata de la corresponsabilidad que viene del principio «la unión hace la fuerza», ni de la eficacia de una buena organización, sino que la corresponsabilidad en la Iglesia viene fundamentalmente del bautismo, por el cual todos participamos de la misma vida que el Espíritu Santo derrama en nuestros corazones.

A partir de este fundamento bautismal, los obispos afirmamos que «la participación de los laicos y laicas no se puede formular solamente en términos de colaboración con los ministros ordenados». «Debemos hacer emerger laicos que se sientan responsables ―no sólo colaboradores― de la acción eclesial en su conjunto y que, en grados diversos, acepten funciones y servicios dentro de las comunidades con fidelidad y perseverancia». Esto pide resituar progresivamente la misión de los sacerdotes y diáconos en el marco de una Iglesia corresponsable, fundamentada en la dignidad del bautismo. Por ello, en la carta que escribí la pasada Navidad a los presbíteros, diáconos y laicas con misión pastoral, les decía que «no pertenece al ministerio ordenado la dirección de la actividad organizativa, la administración de las finanzas, la ejecución de obras de edificios, la gestión de instituciones eclesiales… Todo esto, si fuera posible, deberíamos ir pasándolo a los laicos». ¿Qué es, por tanto, lo más propio del ministerio ordenado? Respondiendo a esta pregunta, su tarea insustituible es, junto con todos los demás bautizados, la primacía en el anuncio del Evangelio, que suscite, motive y sostenga la fe. En segundo lugar, animar a los diversos dones y carismas de la comunidad para que crezca en la unidad, la cual se expresa en la celebración sacramental, sobre todo dominical. Y, en tercer lugar, poner en marcha un discernimiento pastoral sobre nuestra realidad eclesial, convirtiéndose sobre todo en los «acompañantes» de la vida humana y espiritual de nuestros hermanos, sosteniéndolos en la fe y procurando que se conviertan ellos también en testigos del Reino en sus vidas.

Rogamos, por tanto, que sean muchos los laicos y laicas que ayuden a formar verdaderos equipos pastorales en nuestras parroquias y comunidades. Y, además, que los Consejos parroquiales o interparroquiales, arciprestales y el mismo Consejo Pastoral Diocesano que hemos constituido recientemente, se conviertan en la savia nueva que necesita nuestra Iglesia de Tarragona.

Vuestro,

† Joan Planellas i Barnosell
Arzobispo metropolitano de Tarragona y primado

 

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