Estimados y estimadas,

Una semana más, continuamos glosando y comentando el documento de los obispos de Cataluña, Espíritu, ¿hacia dónde guías nuestras Iglesias? con motivo del vigésimo quinto aniversario del Concilio Provincial Tarraconense. Hoy queremos mencionar todo el trabajo de promover vocaciones en la vida de nuestra Iglesia. En el documento, los obispos «llamamos a los jóvenes para que descubran el Cristo, amigo y salvador, y se acerquen al prójimo, como lo hizo el buen samaritano (véase Lucas 10,25-37). Las grandes energías de amor que tienen los jóvenes emergen cuando son tocados por la palabra y los gestos de Jesús y por la Palabra misericordiosa de Dios, recibida en la oración. Por eso todo lo que concierne a los jóvenes —la pastoral juvenil y la pastoral de las vocaciones— debe ser promovido y necesita la acogida y el apoyo de toda la comunidad eclesial».

El ejercicio del apostolado resulta muy variado por parte de los miembros de todo el Pueblo santo de Dios. «La toma de conciencia de esta responsabilidad laical que nace del Bautismo y de la Confirmación», afirma el papa Francisco (EG 102), y hace devenir verdaderos discípulos misioneros. En este marco común de vida cristiana y de tarea evangelizadora, puede haber una multiplicidad de ministerios y servicios, pero conviene que algunos de ellos sientan la llamada a una vocación más específica como el ministerio sacerdotal o la vida consagrada.

Hoy la Iglesia celebra el «Día del Seminario». El lema de este año es «Padre y hermano, como san José». Quiere reflejar la figura de san José en los sacerdotes, en un año en el que este santo ha tomado un mayor protagonismo, al haber declarado el Papa «el año de san José». Como él lo supo hacer con Jesús, también los sacerdotes son enviados a cuidar de la vida de cada persona, con el corazón de un padre, sabiendo, además, que cada uno de ellos es su hermano.

El número de vocaciones al ministerio sacerdotal continua bajo pero más bien estable, mientras que el número de sacerdotes y de religiosos y religiosas es netamente inferior al de 1995, cuando tuvo lugar el Concilio Tarraconense. Pero, más que entrar en valoraciones sociológicas, quisiera subrayar hoy la efusión de gracia que es para las comunidades cristianas la presencia de sacerdotes y de diáconos. No hace muchos días, un miembro que participó en el Concilio Tarraconense de 1995, me hablaba del silencio que se hizo en el aula conciliar de Sant Cugat del Vallès en la primavera del año 1995, cuando intervino el obispo auxiliar emérito de Barcelona, Ramon Daumal, que en aquellos momentos tenía 83 años. Con voz clara y cálida dejó entrever como el sacerdocio había cincelado su vida. Sus palabras tenían el perfume de una humanidad exquisita, de fe y de amor a la Iglesia y al mundo. Desde el cenit de su vida, se descubría el latido de un corazón joven. Por eso les dijo: «La Iglesia es de Jesucristo. La Iglesia nos supera en el tiempo y en el espacio; no la llevamos los hombres, la conduce la presencia del Espíritu».

Por todas nuestras ciudades, pueblos y barrios, como la levadura en medio de la masa, están presentes unos hombres llamados por Dios al servicio del Evangelio, los cuales, a veces con voz fuerte, otros, en cambio, medio temblorosos, dicen: «Este es mi Cuerpo», «Esta es mi Sangre», «Yo te perdono, en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo», «Convertíos, la hora de Dios ya ha llegado», «Bienaventurados los pobres, los pacificadores, los limpios de corazón, los perseguidos por causa de la justicia …». El Día del Seminario, más que un baile de números, es una invitación a todas las comunidades a sentir como propia la misión ministerial de los sacerdotes y diáconos. Como se ha dicho, la primera palabra la tiene el Espíritu; pero, como bien sabemos, la segunda o la cuarta está en nuestras manos, y sin nuestra aportación no habrá una nueva primavera de vocaciones para la Iglesia.

Vuestro,

† Joan Planellas i Barnosell
Arzobispo metropolitano de Tarragona y primado

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