Estimados y estimadas, el próximo jueves, Jueves Santo, celebramos la institución de la Eucaristía por parte de Jesús. Como afirmó el Concilio Vaticano II, la Eucaristía es fuente y cumbre de la vida cristiana. Es a través de ella que recibimos la esencia de la vida en Cristo, es decir, en comunión con su carne y su sangre, nos reconocemos como Cuerpo suyo y, miembros del mismo cuerpo ―unos y otros―, nos preparamos para ser testigos de su resurrección en todas partes.

Así pues, la Eucaristía es ante todo una celebración profunda y festiva, donde no tiene cabida la distracción, el aburrimiento o la apatía. ¡Qué impacto produce un grupo de cristianos que celebran su fe con entusiasmo! Y a una fiesta no se va como un mero espectador, pasivamente, sin nada que aportar. Para crear un ambiente festivo es necesaria la actitud positiva, alentadora y participativa. ¿Os imagináis una fiesta donde una persona actuara sola? No permitamos que nuestras celebraciones se conviertan en un monólogo sin atractivo. En esta línea deberíamos reflexionar y profundizar las palabras que encontramos en el Concilio Vaticano II: «Participando del sacrificio eucarístico, fuente y cumbre de toda la vida cristiana…, todos tienen en la celebración litúrgica una parte propia, no confusamente, sino cada uno de modo distinto» (LG 11).

En efecto, la fracción de un mismo pan, hace de la Eucaristía un banquete de hermandad, donde todos disfrutamos de la misma dignidad de hijos en el Hijo, y donde todos estamos dispuestos a servirnos y a amarnos con cariño sincero. Ésta es la gran aportación de cada bautizado, una aportación que va más allá de las fuerzas de cada uno y del servicio concreto que pueda o no hacer. No importa si debemos permanecer sentados en el banco o si somos los responsables de preparar la liturgia. Lo importante es la vida interior que nos comunicamos unos a otros, la actitud contemplativa, maravillada y agradecida del gran regalo de unidad que acontece. ¡Qué bonito cuando el diácono inciensa a toda la asamblea, haciendo visible así que estamos allí en nombre de toda la Iglesia, Cuerpo y Esposa de Cristo!

Los servicios concretos que después ofreceremos estarán orientados a esta comunión de vida, porque la celebración eucarística necesita respirar al unísono. Por eso, cuando se ofrezca el servicio del canto, se tendrá en cuenta que todo el mundo pueda sentirse incluido y que sea la voz de toda la asamblea la que se levante como una digna alabanza a Dios. Si, en cambio, se nos pide leer una lectura, lo único que debemos pensar es que la comunidad oiga, con la mejor claridad posible, la voz que el Señor le dirige a través del lector o lectora. Cuando recemos, recogidos en nuestro interior, tendremos presente a cada persona que nos rodee y a la vez a toda la Iglesia universal. Y el deseo de quien presida, ha de ser transparentar a Cristo que se da en oblación total a la asamblea, centrándose exclusivamente en su bienestar espiritual.

Claro que hace falta formación para ofrecer cada uno de los servicios litúrgicos y eclesiales, pero quizás todavía hace falta más formación para convertirlos en servicios de comunión. De esta forma la celebración eucarística será espejo e impulso para caminar hacia una auténtica Iglesia sinodal. ¡Con estos sentimientos, Santa Semana!

Vuestro,

† Joan Planellas i Barnosell
Arzobispo metropolitano de Tarragona y primado

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