Estimados y estimadas, Incierta Gloria es el título ―tomado prestado a Shakespeare― de la novela que Joan Sales dedicó a la Guerra Civil de nuestro país. Un título que se puede extrapolar a cualquier conflicto bélico, también al que tiene lugar en Ucrania. Se ha hablado mucho de esta guerra y se han analizado las causas. Pero aquí querríamos hacer mención al papel que puede haber tenido el hecho religioso ―no de manera explícita― en el conflicto. Vaya por adelantado la condena sin paliativos de toda guerra y de esta en concreto: el hecho de querer entender un conflicto no significa justificarlo.

Europa se ha construido históricamente alrededor de la religión cristiana hasta la época moderna. Las divisiones del cristianismo se han convertido simultáneamente en divisiones sociales y políticas, muchas veces empleadas por intereses partidistas. No es posible ilustrar aquí todas estas divisiones, pero sí hacer referencia a la que afecta a Ucrania y Rusia. Ambas son de religión cristiana ortodoxa, pero toda la parte occidental de Ucrania ―la más próxima a Polonia―, es de confesión católica, aunque de rito bizantino. Esto explica también que los desplazados ucranianos por causa de esta guerra hayan sido tan bien acogidos por los polacos, mayoritariamente católicos. El resto son de confesión ortodoxa. Ahora bien, la parte más oriental ―sobre todo la zona del Donbass― pertenece directamente al patriarcado de Moscú. El resto, hasta hace poco tiempo, dependían de Kíiv, pero también casi mayoritariamente unidos a la Patriarquía de Moscú. Con todo, el gobierno de Kíiv, enfrentado con el Kremlin estos últimos años, llevó a cabo una intensa campaña para separarse de Moscú, invitando a las parroquias, con promesas de ayudas económicas, a constituir una Iglesia nacional Ucraniana. Esto casi provocó un cisma entre los patriarcas de Constantinopla y Moscú, dado que el primero había cedido a los deseos de una Iglesia Ortodoxa Ucraniana. Justo es decir que para Moscú, Kíiv sería el equivalente al significado de Jerusalén para el cristianismo global. De aquí que el patriarca Kiril de Moscú se haya referido a los que se oponen a la unidad histórica de Rusia y Ucrania como «fuerzas del diablo».

Pero, con esta guerra, buena parte de la población ucraniana, por motivos socio religiosos, aunque sea eslava, ha acabado no dependiente de Moscú, sino de Roma o directamente de Kíiv. Ahora, resulta extremadamente difícil ser cristiano ortodoxo en Ucrania y tener como máxima autoridad a un patriarca ruso.

Por un lado, Rusia es Europa; pero por otro lado Rusia encarna el totalitarismo, aquello contra lo cual Europa ha luchado siempre. Y, por el contrario, Rusia no tolera de Occidente el relativismo y el «secularismo militante» que, según el metropolitano Hilarion Alfeyev, considerado el número dos de la Iglesia ortodoxa rusa, «es mucho más peligroso de lo que supuso el ateísmo militante de la antigua Unión Soviética». Ucrania y Occidente, han cometido muchos errores políticos, pero Europa no puede renunciar a aquello que ha constituido su historia bimilenaria: la defensa de la libertad frente a la tiranía. Decir esto, no es en absoluto un alegato en favor de la guerra, sino de la negociación y del diálogo. Porque, cuando es fruto de una guerra, la gloria de la victoria es siempre incierta; tan solo la gloria de la paz auténtica es duradera.

Que la Pascua de la Resurrección del Señor que celebramos hoy los cristianos católicos y la que celebrarán el próximo domingo los cristianos ortodoxos nos lleve a la gloria de esta paz. ¡Santa Pascua!

Vuestro,

  † Joan Planellas i Barnosell
Arzobispo metropolitano de Tarragona y primado

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