Estimados y estimadas, san Juan Pablo II instituyó el segundo domingo de Pascua como fiesta de la Divina Misericordia, una buena forma de relacionar la resurrección de Cristo con el gozo inmenso de la salvación. Pero, ¿qué significa que Jesús nos salva? El Evangelio nos enseña que el pecado humano, es decir, el egoísmo, el orgullo, las ganas de autosuficiencia y de poder, y el consecuente desprecio de Dios y del otro, desfiguran la imagen divina en la persona humana.

La misión de Jesús es, precisamente, devolvernos de una vez por todas la dignidad de hijos, la dignidad de ser y existir en su mirada amorosa. Así, por su Cruz y con la fuerza del Espíritu, somos dignos de dirigirnos a Dios como Abbá, papá. ¡Qué lejos quedan aquí las imágenes de un Dios riguroso, justiciero, pendiente de detectar la más mínima debilidad humana! El Dios que muestra Jesucristo es Padre, padre y madre, capaz de sufrir por la felicidad de sus hijos, de buscarlos con entrañas inflamadas, deseoso de hacerles disfrutar de Él mismo: ¡el Dios de la Misericordia!

El Papa Francisco, deseoso de que toda la Iglesia viva y manifieste esta dimensión liberadora y alentadora de la fe, proclamó el 2016 como «Año santo» del Jubileo de la misericordia, todo un tiempo para redescubrir y revivir la esencia del Dios benigno y entrañable. Y dentro de este contexto instituyó el precioso servicio de los «Misioneros de la misericordia», presbíteros a los que el Papa dio un encargo especial.

Está claro que todos los cristianos y, de forma sacramental todos los ministros, somos portadores de la misericordia del Padre, y que nunca ninguno de nosotros puede dejar pasar cualquier oportunidad de ser embajadores del perdón de Dios. Pero el Papa quiso que algunos de nuestros hermanos, podríamos decir, se especializaran en este servicio, lo convirtieran en un llamamiento, en una misión. Y así, escuchando esta voz particular, ofrecieran su tiempo y sus dones a predicar insistentemente sobre la misericordia, a acoger desde la más exquisita humanidad a toda persona que la desee, a dedicar tiempo y buenas actitudes para ofrecer el sacramento de la reconciliación.

Hoy con alegría puedo decir que en la Archidiócesis de Tarragona tenemos cuatro presbíteros como «Misioneros de la misericordia». Mn. Jaume Gené (Altafulla) y el P. Ramon Olomí (Valls) ya habían sido nombrados en 2016. Hace pocos días, recibimos el nombramiento firmado por el papa Francisco de otros dos presbíteros: Mn. Lluís Simón (Tarragona) y el P. Mario Buonanno (Santuario de Loreto). A vosotros cuatro os pido que, olvidados de vosotros mismos, contempléis la acción de Dios en cada hermano, que estéis a punto para todos, y que con vuestras palabras y gestos mostréis única y exclusivamente el gran signo del abrazo tierno del Padre.

Y al amado Pueblo santo de Dios que peregrina en Tarragona, os pido que aprovechéis bien este regalo del Santo Padre. Seamos conscientes de que estos hermanos nuestros han recibido una gracia especial. Dirijámonos a ellos sabiendo que por su medio es Dios quien nos consuela, quien se aproxima a nosotros, quien nos brinda la palabra adecuada para nuestra santidad. Así, cada uno desde su sitio, crearemos comunidades vivas y evangelizadoras, capaces de animar en el seguimiento del Maestro.

Vuestro,

 

† Joan Planellas i Barnosell
Arzobispo metropolitano de Tarragona y primado

 

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