Saludos desde la Amazonia peruana, donde estoy viviendo desde hace cincuenta y cuatro años. Se me invita a hablar de mi experiencia misionera y, como podéis imaginar, tengo muchas cosas que compartir y me resulta difícil explicar en pocas palabras la vida de tantos años.

Por eso he decidido compartir mi proceso, los momentos que he vivido y que han generado vida nueva. La vida misionera tiene mucha aventura: aventura de amor, aventura humana. Sí, porque das un paso e ingresas en la misión, donde encuentras una cultura diferente, donde las personas te abren su corazón, te comparten su riqueza, te dejan entrar a caminar con ellos.

Entonces sientes la urgencia de descalzarte, respetar, acoger, abrirte y dialogar. Y es cuando entiendes muy bien lo que Dios dijo a Moisés: «Quítate las sandalias de los pies, pues el sitio que pisas es terreno sagrado» (Ex 3,5).

Para liberar a la humanidad de los males que sufre y convertirse en otros Cristos en las calles «curando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo» (Mt 4,23), evangelizar ha sido siempre dar “buenas noticias”. Y para dar una buena noticia, primero hay que escuchar las malas noticias que se viven, conocer la situación, ponerse en el lugar del otro y conmoverse hasta las entrañas para hablar después, sólo después.

Este proceso, en mi vida, fue largo. Creemos que llegamos a “evangelizar” a personas que no saben y necesitan tu verdad. Y cuando llegamos, encontramos pueblos que tienen mucha riqueza humana porque te acogen, te ofrecen de su pobreza, te abren el corazón y viven en comunidad, de forma solidaria se ayudan, comparten entre ellos.

Y es entonces cuando te ves obligado a cambiar de “chip” y entender que debes descalzarte y escucharte con el corazón, aprendiendo primero de sus valores, de sus maneras de relacionarse y de vivir.

La vida misionera, pues, se inicia con años de escucha y silencio. Años, tiempos, en los que “bebes” de los hermanos y, por dentro, redescubres al Dios que te dice: «Estoy en ellos, encuentrame y, desde ellos, anuncia mi amor, mi misericordia, mi corazón de padre y de madre para todos.»

Poco a poco vas volviendo a aprender lo que significa la misión. Y pasando años, descubres la felicidad de haber sido fiel al Dios que se encarnó, a Jesús, que se hizo uno de tantos.

Ésta es mi experiencia, una experiencia muy feliz. La situación sociopolítica y económica es dura y acompaño a los pueblos, a las personas, para que puedan afrontar los retos que tienen. Y lo hago porque con ellos comparto mi pan y el sueño de una sociedad fraternal. Ellos también la desean. Y caminando juntos, con la ayuda del Espíritu y siguiendo las huellas de Jesús de Nazaret, ¡lo conseguiremos! Y esa evangelización la vivo desde la Iglesia local con la que comparto fe, alegría y misión.

Maria Lluïsa Maduell, Misionera de Jesús en Perú
Artículo publicado en el Full dominical del 18 de octubre de 2026 (n. 3997)