Una vez finalizada la primera sesión de la Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos, que se ha desarrollado a partir del método de discernimiento de la conversación en el Espíritu, el pasado sábado día 4 de noviembre el equipo diocesano del Sínodo va organizar una jornada formativa para trabajar esta metodología con el objetivo de que pueda convertirse en un recurso a tener en cuenta en los diferentes ámbitos de la pastoral.

Un grupo de cincuenta personas, entre presbíteros y diáconos, religiosas y laicos y laicas, participaron en este encuentro. El arzobispo Joan Planellas dio la bienvenida a los participantes y recordó que en nuestra archidiócesis hemos vivido este proceso sinodal «en todas las fases previas y también en los cambios que hemos hecho en nuestras parroquias con la creación de las Unidades pastorales y la nueva distribución de los arciprestazgos».

Planellas destacó la voluntad del papa Francisco de alargar este proceso un año más «para que la experiencia sinodal sea constitutiva de la vida de la Iglesia […] y que los meses que nos separan de la segunda sesión permitan a todos participar de forma concreta en el dinamismo de la comunión misionera». En este sentido, pidió un «espíritu de conversión para saber escuchar unos a otros, escuchar la voz del Espíritu que hace joven a la Iglesia y encontrar cuáles son los mejores caminos que podemos ir haciendo con las luces y sombras de nuestra Iglesia».

Finalmente, invitó a los participantes «a ser luz en sus comunidades para reproducir, con sencillez y humildad, lo que hoy compartiremos y así convertirnos en discípulos misioneros».

El decálogo de una Iglesia sinodal

A continuación, Mn. Jordi Vila, consiliario de Acción Católica General y de la Delegación diocesana para la pastoral social, presentó un decálogo de las características de una Iglesia sinodal, «que plantean cuál es nuestra forma de vivir y de funcionar como Iglesia». En primer lugar, habló de «la dignidad común de todos los miembros de la Iglesia, que somos hijos de Dios y hermanos en Cristo, habitados por el Espíritu y enviados a una misión común». Aquí, recordó que «en la Iglesia, la autoridad no es una dignidad superior, sino que es un servicio».

En segundo lugar, habló de «la Iglesia de la escucha al Espíritu, a través de la palabra de Dios, de los signos de los tiempos y de los hermanos». También hizo referencia a una «Iglesia humilde, que no tenga pesar de pedir perdón» ya una Iglesia «del encuentro y del diálogo, especialmente con las demás Iglesias, con las que compartimos el bautismo».

El quinto punto del decálogo hablaba de una «Iglesia que no teme a la diversidad y que la valora». Mn. Jordi Vila también presentó «una Iglesia abierta, acogedora, que abraza a todos», una «Iglesia que conjuga amor y verdad, que, cuando son de verdad, siempre van juntos», o una «Iglesia inquieta y en tensión, que profundice en el conocimiento de la revelación de Jesús y cuyo magisterio pueda progresar».

Los dos últimos puntos de este decálogo establecían una «Iglesia que se nutre del misterio en la liturgia, tomando como protagonista al Señor» y una «Iglesia del discernimiento, dejándose guiar por el Espíritu Santo».

El método de la conversación en el Espíritu

Mn. Joan Àguila, vicario general con la función específica de promover, coordinar y animar a la pastoral, fue el encargado de presentar el método de la conversación en el Espíritu. Para ello, empezó con una metáfora a partir de los cantos rodados, unas piedras que han hecho camino y se han ido transformando. «Cada uno de nosotros podríamos identificarnos con estas piedras, nuestra vida nos ha ido haciendo como somos ahora», expresó.

Mn. Àguila explicó que «estas piedras de río no son piezas de un rompecabezas que encajan perfectamente, por tanto, si queremos construir algo con ellas tienen pocos puntos de contacto. Sin embargo, siempre hay un punto de equilibrio que permite realizar una construcción conjunta». Y, en este punto, es donde interviene el método de la conversación en el Espíritu, un sistema para «encontrar los puntos de encuentro en los que, a pesar de las dificultades de encaje, nosotros también podemos construir cosas juntos».

«La Iglesia ya no es ese gran edificio de piedras bien cortadas que podía permitirse descartar aquellas que no encajaban, porque la piedra que descartaban los constructores es Cristo, es la que corona el edificio, y si estamos todos, allí está Cristo», aseguró.

Así, el método de conversación en el Espíritu debe partir de una «preparación personal, confiando en el Padre y poniéndonos a la escucha del Espíritu Santo, preguntándonos qué nos pide el Espíritu como piedras vivas de la Iglesia», dijo. A partir de aquí debe haber unos momentos de silencio y de oración personal, que darán paso a una primera vuelta, en la que «todos los miembros del grupo deben exponer de forma breve y clara lo que el Espíritu San les ha dicho en relación al tema tratado, sin que nadie pueda interrumpir cada intervención», explicó Mn. Àguila.

De nuevo, deben dejarse unos momentos para el silencio y la oración, «dejando resonar la palabra del otro en mí». En la segunda vuelta de la conversación, «cada miembro del grupo sólo puede decir lo que le ha interpelado de las intervenciones de los demás. En lo que nos interpela del otro, el Espíritu nos quiere decir algo», afirmó.

Por último, después de un nuevo rato de oración y silencio, «se dialoga a partir de todo lo que ha emergido para buscar los puntos de contacto con todos». Una oración de agradecimiento culminará este proceso de conversación en el Espíritu.

La experiencia de los participantes

Tras conocer el desarrollo de este método sinodal, se organizaron cinco grupos de diez personas con un moderador para ponerlo en práctica en torno a uno de los temas del Instrumentum laboris, que trata sobre cómo reconocer y recoger la riqueza de las culturas y desarrollar el diálogo entre las religiones a la luz del Evangelio.

Una vez trabajadas las diversas cuestiones que presenta este punto del documento, los representantes del grupo pusieron en común la experiencia vivida. Entre las propuestas que surgieron, se planteó la necesidad de «dar importancia al testimonio, como Evangelios vivientes que debemos ser», así como la de anunciar el Evangelio partiendo de «una profundización en lo que nosotros somos y también de una apertura de las comunidades para la acogida y también para salir al encuentro».

Por otra parte, se constató que «el amor al prójimo implica que cada uno debe poner de su parte y que debemos ser testigos del amor que hemos vivido con alegría, participando de lo que tenemos». Asimismo, se propuso «volver a la esencia de nuestra fe a partir de la oración, la formación y el conocimiento del Evangelio para evangelizar de forma que se entienda, discerniendo los signos de los tiempos y adaptándonos al lenguaje de hoy».

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