Cada día, justo cuando me levanto, voy al baño. A la derecha del lavabo hay una grúa preparada para cuando M. viene a casa. La llevan semanalmente. En la habitación de al lado de la mía también hay otro aparato igual para ayudarnos a ponerla en su cama, las noches que se queda a dormir, que no son muchas. M. nos necesita por todo porque tiene parálisis cerebral desde su nacimiento hace 52 años. Desde siempre conoce la gran limitación que tiene y es agradecida a todos los que le ayudan, a la familia, a los amigos y personas del centro que la acoge y la cuida.
Pienso que todos somos discapacitados o con capacidades diversas —como suele decirse. La convivencia diaria en casa y las relaciones múltiples que establecemos nos hacen dar cuenta de las discapacidades de todas las personas. Cuanto más y mejor nos amamos más lo descubrimos y más hacemos para aminorar sus carencias.
Hay quien sordea. Hagamos de manera que sienta lo que le decimos levantando el volumen necesario —sin estridencias que podrían ofenderle— y hablándole mirándonos fijo a hito, con buena cara, añadiéndole una sonrisa, que todo lo hace más fácil.
Hay quien ha perdido la memoria. No recuerda lo que nos acaba de decir y lo repite una y otra vez y no recuerda dónde ha dejado los objetos que usa. No se lo retraemos continuamente como si fuera su culpa. Esto más bien le exaspera y no le ayuda a recuperar la retentiva que ha perdido. Tratamos de establecer rutinas que le faciliten las cosas.
Seguro que en la escalera de casa o en alguna otra casa de la calle hay una persona necesitada de compañía que siente amargamente la soledad o el abandono. Podemos dedicarle un rato de vez en cuando, escucharla con cariño, hacer alguna actividad juntos si es posible, salir a dar un paseo. Perdemos tanto tiempo con tonterías que «perder un poco de tiempo» por otro consigue una doble felicidad: la suya y la nuestra.
Puede que algún familiar o algún vecino o vecina sea una persona pesada, inquieta, de carácter difícil. Si conociéramos su historia personal, la educación que recibió a su familia, las penalidades por las que ha pasado, las deficiencias de su mente o de su organismo, seríamos más comprensivos y podría explicarnos su discapacidad afectiva. Todo esto sólo se cura con paciencia cariñosa y con estimación paciente.
Esta lista deberías alargarla y concretarla. Son las personas que sueles tratar de forma ordinaria. Observa con respeto y reserva su discapacidad. Propónte de atenderlas delicadamente. Amálas un poco… y se hará el milagro de la convivencia fraternal y pacífica.
Con las capacidades que todos tenemos podemos atender a las discapacidades que todos sufrimos.
Josep Bofarull, pbro.
Artícluo publicado en el Full dominical del 14 de abril de 2024 (n. 3866)








